martes, 21 de octubre de 2008

Antiguo

Soñé que veía a una chica sentada de lado sobre una tabla de surf, flotando sobre un mar calmado. La veía de espaldas, estaba desnuda y tenía el pelo suelto, oscuro y ondeado.
Delante de ella había un fotógrafo muy afanoso que tomaba foto tras foto mientras ella, aún sentada, se dejaba llevar por la tabla que se desliza sobre las ondas de agua que vienen y rompen olas pequeñitas en los últimos metros de la playa.
De repente noto que hay un montón de mujeres en fila que practican nado sincronizado mar adentro. Todas se ven iguales y están, al igual que la primera, sentadas o echadas sobre una tabla de surf.

domingo, 28 de septiembre de 2008

Flores

Soñé que estaba en un lugar muy parecido al Club Germania y que me inclinaba al borde de una vereda para recoger flores de un arbusto. Recogí flores que no he visto nunca en mi vida, parecidas a las que publico junto a esta entrada.

Luego llegué a mi casa. Entré a mi cuarto y me senté en mi cama. Vi que mi mami estaba haciendo maletas en el hall del segundo piso. La veía apurada, asustada, angustiada. Como si estuviera huyendo de algo.


Mi hermana estaba en su cuarto, echada en su cama. Mi mami entró para abrigarla con frazadas negras y sábanas cremas, mi hermana le pidió que le llevara un peluche, mencionó el nombre pero no lo recuerdo. Mi hermana parecía enferma o al menos mi mamá la cuidaba como si lo estuviera. Mi mami salió del cuarto en dirección al cuarto de mi hermana. Regresó con el peluche que mi hermana le había pedido, creo que no podía dormir sin él. Mi mami estaba procurando que mi hermana durmiera lo más que pudiera antes de que nos fuéramos. Yo no entendía lo que pasaba.
Cuando mi hermana tuvo su peluche y se acurrucó para dormir, yo me desperté.

Pena de muerte en templo budista

Me habían sentenciado a muerte, no sé por qué. Tenía que entrar a un salón alfombrado (la alfombra era persa) donde me recibía mi ejecutor. Pero en su lugar, encontré a otro hombre. Lo reconocí de inmediato: esa persona había sido mi amante en vidas anteriores y se había parado ahí a esperarme. Me acerqué y nos besamos durante varios minutos.
Luego salí y empecé a hablar con diferentes personas que estaban relacionadas con el ejecutor o con los jueces de una u otra manera. Procuré convencerlas de que me ayudaran a evitar mi ejecución utilizando sus conexiones, pero no tuve mucho éxito.
Aparentemente lograron al menos darme un poco de tiempo porque pude cenar una última vez. Me senté en una mesa larga de madera donde también estaban sentadas varias personas de mi promoción. No habíamos terminado de comer cuando sonó una alarma que significaba que debíamos evacuar el edificio inmediatamente. Eso demoraría aun más mi sentencia.
Cuando regresé, busqué a mi ejecutor. Él, en vez de pedirme que me arrodillara para ejecutarme, me abrazó y me perdonó la vida. Al salir de la habitación, vi a un hombre en smoking sentado en una banca justo afuera. Era un viejo amigo mío que al verme se paró y me dio un papel mojado que tenía entre las manos. El documento parecía ser muy importante por la solemnidad con la que me lo dio. No dijo nada. Sólo entregó lo que tenía, dio media vuelta y se fue.
Desdoblé el papel. Tenía diferentes símbolos circunscritos en dos filas de cuadrados negros, algunos tenían formas de frutas de colores cítricos. Hubiera pensado que se trataba de los dibujos de las máquinas tragamonedas de los casinos de no haber sido por los números y letras griegas o latinas que estaban escritas abajo de cada cuadro en el que se hallaban las figuras. Prevalecían limones, naranjas y números siete de color rojo, pero también había otras figuras de colores verde y azul, aunque en menor cantidad.
Recordé entonces que era costumbre recibir ese documento antes de morir. Era algo así como una "carta astral", pero en ésta uno podía ver quién había sido en sus vidas anteriores y qué personas de las que conocía ahora lo habían acompañado en esas vidas. Según pude descifrar de esos símbolos, el hombre al que había besado efectivamente había sido mi amante en todas las vidas anteriores.
Doblé el papel nuevamente. Alcé la mirada y vi a mi amante, vestido de smoking, parado en el umbral de la puerta, esperando que le diera el alcance. Caminé sobre la alfombra persa roja en dirección hacia él y mientras me acercaba, me desperté.

viernes, 19 de septiembre de 2008

Museo-Teatro

Estaba entrando a una gran construcción que parecía un laberinto. Las paredes eran altísimas y tenían cuadros y vitrinas en casi todas. En los primeros salones no habían techos, pero conforme iba avanzando en la construcción, los cuartos iban cubriéndose con materiales cada vez más modernos. Primero cañas, luego madera, luego madera enchapada, muchos otros diferentes techos antes de llegar al cemento.
En el primer cuarto las paredes eran de piedra. Recuerdo una vitrina que estaba en la primera pared que uno veía nada más atravesando el portal que hacía de entrada. Adentro tenía escenas en miniatura de hombres de las cavernas cazando, sembrando, cocinando. Arriba había una gran piel de oso colgada en la pared.
Entendí que se trataba de un museo de historia en el que cada salón estaba decorado de acuerdo a la época histórica que representaba. Por ejemplo, la edad de piedra, evidentemente, tendría que estar construida de manera primitiva, y por eso no tenía techo. Estaba con un grupo de personas y de vez en cuando les explicaba algo que supiera sobre lo que veíamos en las vitrinas o en los cuadros.
Entramos a un salón grande que tenía una mesa en el centro. Era la sección de "Historia medieval". Me alegré porque conocía mucho sobre ese período de la historia y estaba ansiosa por comentar todo lo que sabía con las personas que me acompañaban. Llegué a decir varias cosas pero todos parecían estar ocupados en mirar hacia otro lado y no me prestaron mucha atención. Decidí que no importaba y preferí seguir de largo, sola, en vez de esperar a captar la atención de sus oídos.
Llegué a una habitación que parecía haber estado cerrada. Estaba llena de vitrinas que estaban llenas de alhajas, todas de plata y piedras preciosas. Collares, pulseras, aretes, todo en ese lugar hubiera brillado si la luz hubiera estado encendida. Justo entonces llegó Patty a prender la luz. Todo se iluminó, desde los fluorescentes de la sala hasta los foquitos de las vitrinas. Me gustó todo lo que vi, di una vuelta alrededor de la mesa de centro (que también era una vitrina) y salí.
Afuera había varios pasillos. El sitio ya parecía una construcción moderna y vi a mucha gente de Nueva Acrópolis moviéndose en todas direcciones. Llevaban sus polos verdes de voluntariado, creo que estaban ayudando a construir el museo. Saludé a algunos, ayudé a llevar algunos polos de aquí para allá y luego me volví a ir.
No sé cómo regresé al salón de historia medieval. Entonces me di cuenta de que tenía una puerta que daba a otro salón del mismo estilo. El segundo salón era aun más grande y vi a varias personas moviéndose adentro. Entonces vi a Giancarlo, vestido con ropa del siglo 17 (muy a lo Shakespeare), con papeles enrollados en la mano derecha, dirigiendo a las personas que caminaban agitadamente en el salón. Al fondo había un escenario sobre el que caía una larga cortina roja.
Giancarlo era el director de una obra de teatro que se montaría en ese escenario, se trataba de una obra de Shakespeare, precisamente.
Yo corrí hacia él y él me gritó "¡Kiarita!" y abrió los brazos con una sonrisa en los labios. Salté y con mis brazos alrededor de su cuello, él me abrazó también a mí y se dio una vuelta completa conmigo en brazos. Cuando me devolvió al piso me tomó de las manos y empezó a participarme los avances del montaje.
Le dije "Sí, he leído la obra, te juro que me pareció buenísima. O sea, mira acá..." yo tenía el libreto en mis manos, le señalé unos párrafos con el dedo índice para comentar algún verso que me había parecido especialmente genial. Recordé que me había tomado al menos unas tres horas para leer el libreto varias veces antes de llegar al museo. No sé cuál era la trama de la obra, pero me acordé que jugaba con el efecto "cajita china", es decir, contaba una historia dentro de otra historia (como en Moulin Rouge o Moon Palace).
Él me dijo "Bueno, yo no he tenido tiempo de leerla todavía, pero está quedando excelente." Cuando me dijo que no la había leído, mi atención se volcó sobre el ambiente y dejé de escucharlo, inconscientemente, claro. Le dije que le iba a ayudar a montar la obra, que incluso me sabía de memoria los diálogos. Él sería el personaje masculino principal, me pidió que hiciera de su contraparte femenina. Yo, encantada.
Pasé tras las bambalinas para ver quiénes se movían y vi a un montón de personas con atuendos Shakespirianos moviendo escaleras, telas, felpas y escenografías. Me choqué con un par de personas que caminaban atolondradas y apuradas, me acuerdo de una mujer que iba con un vestido amarillo y peluca blanca llevando una escalera de madera. Yo estaba en jeans y botas, un polo y mi pelo suelto. Me sentía un poco fuera de lugar. Atravesé el lugar con el libreto enrollado en mis manos. Me alejé caminando sobre el piso de madera del escenario y mientras caminaba hacia lo oscuro del fondo del salón, me desperté.

sábado, 13 de septiembre de 2008

¿Gabriela Mistral?

Estábamos en uno de esos barrios de calles anchas y cielos despejados. Mi hermana estaba más grande, tendría unos catorce años. Yo estaba con ella y con mi mamá, caminando.
Íbamos a una botica que quedaba cerca a la casa. Una vez dentro, mi mamá empezó a comprar diferentes artículos para bebé, como aceite, talco, crema. Todo era para Katherine, nuestra prima hermana. En el sueño era sólo una bebé y no recuerdo quién de nosotras tres la tenía cargada.
Una vendedora sacaba cada vez más cosas para enseñarle a mi mamá y en eso sacó un portabebé con coche, de color verde agua. Enseguida mi mamá hizo que pusiéramos a Katherine en él.
Una vez que tuvo todo, pidió que imprimieran la boleta. Todo, incluyendo el portabebé, costaba S/.110. El dinero le alcanzaba justo, pero le dio pena y compró el portabebé de todas formas.
Yo no quise que nos dieran bolsas de plástico, así que llevé todo cargado en las manos. Tenía que abrazar todos los envases de plástico juntos, pero por más fuerza que hiciera, ellos se caían por los lados. Mi mamá y Giannina (mi hermana) agarraban los envases que se me resbalaban antes de que se cayeran y terminaron llevando dos cada una. Yo llevé el resto.
Entonces recordé a una ancestra nuestra, creo que era mi bisabuela. Había sido una ilustre pedagoga de origen peruano que se había nacionalizado chilena para conseguir fondos del estado de aquél país. Se supone que ella había inventado el código Braille de lectura para ciegos, siendo ciega ella misma.
Nos dirigíamos hacia unas ruinas y llevábamos a Kathy con nosotras. Las ruinas parecían un colegio gigante de adobe y piedra y tenían un estilo azteca o chan-chan.
Subimos por una pendiente de piedra. Era tan empinada que terminé prácticamente echada sobre la piedra. Mi mami estaba más arriba y se había volteado para sentarse. Entonces decidimos parar un momento y empezamos a discutir. Mientras tanto, Kathy estaba en su coche a un lado de la pendiente. Giannina la estaba vigilando.
- Gabriela se fue a Chile porque no tenía trabajo aquí, así que no le importó este país.
- Yo creo que si tenía un ideal, entonces tenía que perseguirlo. Una vez que lo logró, lo trajo aquí. Eso demuestra que no su país no le era indiferente, al contrario.
- Claro, es que el Perú no invierte en educación y así pierde a sus educadores más valiosos, ¿te das cuenta, hija?
Las ruinas eran un museo de una nueva técnica pedagógica que se utilizó durante las últimas décadas, desde que fue creada por esta maestra que fue mi bisabuela. Recordé que había sido la mamá de mi abuelo paterno.
Para salir de donde estábamos teníamos que atravezar un pasillo. Precisamente cuando yo me acercaba, alguien salía, pero no pude distinguir si se trataba de un hombre o de una mujer. Lo primero que vino a mi mente fue que probablemente fuera la guía que debía mostrarnos el museo, pero una vez de cerca me di cuenta de que era mi ancestra, la maestra.
Recordé entonces un artículo de periódico antiguo que leí sobre ella. Su nombre era Gabriela.

martes, 9 de septiembre de 2008

Camino al aeropuerto

Soñé que salía de algún sitio con Guillermo y con Diego. Ambos tenían cosas que meter en la maletera del carro: Guillermo tenía una maleta grande y negra, Diego tenía una lonchera grande y roja que (según mi sueño) siempre llevaba al trabajo. Diego se veía muy nervioso y muerto de roche, aunque eso es relativamente normal en él, creo yo. Guillermo se sentó en el lugar del copiloto y Diego se sentó atrás.
Creo que íbamos al aeropuerto o a la casa de Guillermo, pero por alguna razón teníamos que pasar primero por mi casa. El día estaba nublado, gris y, conforme avanzaba por la ruta a mi casa, el frío aumentaba. Para cuando llegamos a la Av. Surco, vimos que las calles estaban mojadas por la lluvia que había estado cayendo desde la madrugada. En los huecos de las pistas había incluso charcos de agua.
Aunque no fuera el principal motivo por el que estábamos ahí, le pedí a Guillermo que entrara para que conociera a mi gatita. Mientras él y Diego sacaban sus cosas de la maletera, yo entré a mi casa a asegurarme de que la sala estuviara presentable. Cuando abrí la puerta, el olor a pino me golpeó, vi el piso brillante y la sala impecable. Incluso los sonidos me decían que todo estaba tranquilo y en orden.
Salí y agarré a Guillermo de la muñeca mientras veía a Diego tratar de sacar su lonchera roja del asiento trasero sin que lo vieran. Llegamos a la puerta de mi casa y yo dije "¡Ay, qué lindo! Estoy emocionada porque vas a conocer a mi gatit..." la sorpresa interrumpió mi oración y la risa incómoda de Guillermo cuando abrí la puerta. Las sillas estaban regadas en la sala, el olor a cera húmeda penetraba mi nariz hasta el cerebro produciendo un dolor de cabeza punzante, el piso embadurnado de esa pasta naranja, los sillones sin cojines y atiborrados de los adornos que habían sacado de las mesitas de la sala y casi nada de espacio para pasar.
Evidentemente, Guillermo no podía pasar.
Sobre los muebles, que estaban unos sobre otros, vi a mi gata a uno o dos metro de mis brazos. Los estiré y la cargué. Después, Guillermo y yo entramos, pero no más de dos pasos. El desorden no nos dejaba avanzar más. De repente salió mi mamá en pijama. Se había amarrado el pelo en una cola hacia abajo y se notaba que no se había bañado todavía. Yo estaba tan sorprendida que no atiné a preguntar nada.
Después de eso sólo recuerdo a mi mamá diciendo algo así como que Guillermo podía regresar otro día. Estaba excepcionalmente cordial, mi mamá. Además, me sorprendió que se quedara conversando con Guillermo en pijama. Guillermo, por otro lado, se portó tan educado como nunca y le cayó de maravilla a mi mamá.
Me acuerdo de salir, regresar al carro, recuerdo que todo estaba soleado, que se notaba el verde de los jardines y que Diego estaba afuera del carro porque no sabía si seguirnos o quedarse afuera.

martes, 29 de julio de 2008

Idioteces

Soñé que pasaba toda la noche sentada frente a la computadora, bajándome canciones de Michael Bublé recomendadas por Roberto (un amigo) con LimeWire, mientras hablaba con Roberto por teléfono o por messenger.

domingo, 27 de julio de 2008

Me aburro de las fiestas familiares

Estaba en la casa de mi abuela porque era el cumpleaños de una de mis primas menores.
Mi mamá, una prima suya y más personas de mi familia materna estaban discutiendo las bondades de las cámaras digitales. Mi abuelita aprovechó el momento para mencionar que ella no entendía de cámaras digitales y que por eso prefería quedarse con su vieja cámara tradicional de rollo, que por cierto había dejado de funcionar, no sabía por qué. Dicho esto, todos en la sala voltearon a mirarme esperando que yo fuera por el aparato y tatara de arreglarlo.
Me paré y lo encontré en el armario del dormitorio de mi abuela; era una cámara negra, larga. La examiné pensando que no tenía ni la menor idea de cómo funcionaba ese aparato, pero por alguna razón, cuando digo que no entiendo algo, nadie en mi familia me cree y prefieren pensar que no quiero ayudarlos. Así que, como de costumbre, me vi obligada a investigar empíricamente el funcionamiento de la cámara.
Para mi sorpresa, empecé a comprender más o menos cómo estaba ensamblada sin mayores dificultades. Logré separarla en cuatro piezas y al armarla de nuevo (con ayuda de Juan Diego, mi primo, porque yo sola ya no podía) volvió a funcionar.
En ese momento salí del departamento de mi abuela y bajé para saludar a mi prima, que había llegado con sus dos hermanas y su mamá. Su hermana mayor la tenía cargada y su mamá estaba bajando varios paquetes de la 4x4 en la que habían venido todos.
Cuando mi tía y Antonella (la mayor) me vieron, parecieron aguantar la risa y mi tía hasta volteó la mirada. Antonella se acercó a mí con Rafaella (la cumpleañera) en sus brazos y me dijo "Kiarita, ¿no vas a saludar a la Raspi por su santo?" De nuevo se miró con mi tía y se aguantaron la risa. Sospeché que lo hacían porque creían que yo iba a salir con algún comentario que tuviera que ver con filosofía y que se estaban burlando por adelantado de lo que según ellas eran pachotadas.
- Hola Rafaellita, ¡feliz cumpleaños! Debes sentirte muy
- ... ¿inculpada? - Me interrumpió Antonella, de nuevo aguantando la risa.
- ¿Inculpada? Pero si ella no tiene culpa de nada. Bueno, que este nuevo año sea otro ciclo provechoso para ti Rafaellita. - Antonella casi no podía contener la risa.
- Sí, y que sea deliberante. ¿No? - Me di cuenta de que se estaba burlando de que normalmente nadie entendía lo que yo decía y quería hacer énfasis en mi vocabulario utilizando palabras rebuscadas cuyo significado ella ni entendía.
Finalmente decidí no darle importancia y subí junto con todos para cumplir haciendo acto de presencia en ese lugar.
Mientras estaba ahí sólo podía pensar en estar en cualquier otro lugar. Pensaba en Jhajaira, en Roberto, en Nueva Acrópolis, pensaba en irme. No podía disfrutar estar ahí, estaba tan aburrida...

martes, 15 de julio de 2008

Me perdí

Me habían pedido que fuera a una dirección a entregar algo, era por Casuarinas.
Le pedí a un amigo que me acompañara porque en realidad yo nunca había ido sola hasta Casuarinas y si me perdía prefería que fuera acompañada y no sola. Me acordaba de que en algún momento tenía que subir una pendiente, así que cuando empezamos a trepar con el auto pensé que iba en la dirección correcta. Antes de eso había visto carteles en las calles, un poco viejos, sí, pero que decían "A CASUARINAS" y tenían una flecha blanca apuntando en la dirección en la que yo me dirijía.
La pendiente terminó y yo seguía conversando con mi copiloto cuando me di cuenta de que en la cima no había más que tierra y casas a medio construir, derruidas y abandonadas. Desde lo alto podía ver que a unos 2 ó 3 kilómetros a la redonda el panorama era el mismo. La pista era de tierra, las paredes de adobe, las calles angostas y el suelo disparejo. El sol hacía que ese lugar se viera aún más sucio y caliente.
A lo lejos vi un cartel gigante de Wong y supuse que había doblado en alguna esquina equivocada y había terminado en la punta de un cerro donde había asentamientos humanos o algo parecido. Subí al carro, asustada, y mientras mi copiloto trataba de calmarme encendí el motor. Empecé a bajar por una de esas calles estrechas y me preocupó darme cuenta de que mi copiloto estaba tan perdido como yo.
Los dos solos empezamos a bajar por ese lugar desértico, esperando llegar a nuestro destino lo antes posible sin que nos asaltaran. El camino se hacía interminable y yo tenía miedo de quedarme ahí para siempre.
De repente recordé que todo era un sueño, que podía bajar del auto cuando quisiera y regresar a la realidad, así que bajé y atravesé un portal que tenía hacia un lado mi sueño y hacia el otro lado la realidad, concretamente se veía como agua sostenida en el aire. Mientras lo cruzaba me hacía cada vez más conciente de que estaba echada en mi cama, una vez conciente de todo mi cuerpo, me desperté.

Estipulado en mi contrato

Recuerdo que me sentía muy nerviosa. Estaba en el trabajo y tenía la sensación de que algo no andaba bien.

No sé cómo me entró la sospecha de que había una confabulación en mi contra. Un hombre vino a registrar mis cosas y comenzó a sacar mis papeles y mis apuntes. Era alguien de Siemens, de eso estoy segura. Cogió el libro que estoy leyendo, en un descuido se abrió y el separador de páginas se le cayó al suelo. En ese momento, queriendo ser graciosa le dije "¡waaaaeeey! ¡Ya me perdiste la página!" El tipo ni se inmutó, ni siquiera volteó a mirarme. Se agachó para recoger el separador y pensé que lo pondría en la primera o la última página del libro o en todo caso sobre la mesa porque no había forma de que supiese de qué página había caído. Pero en vez de suceder cualquiera de las opciones que yo había esperado, el tipo abrió el libro considerablemente antes de la página en la que estaba el separador y lo puso ahí. Recién entonces me miró de reojo, con la cara seria. Pensé que era un hombre muy raro comparado con los técnicos que vienen a instalar cualquier cosa; ellos siempre están dispuestos a conversar con una... Nunca me miraba, así que no podría describir su rostro. Recuerdo su espalda algo encorvada y su excesiva concentración al examinar mis cosas. Los papeles que tenía sobre mi escritorio, mi cartuchera, mis objetos personales escondidos en el desorden de mi escritorio.
De alguna manera, llegué a la conclusión de que estos podrían ser los preparativos de mi asesinato. Todos se comportaban de manera extraña ese día. Cuchicheaban a mis espaldas, me miraban de reojo y rehuían mi mirada. Dios mío, ¡me iban a matar!
Pensé que si no me habían asesinado hasta ese momento era porque esperaban a que se cumpliera algún plazo. De ser éste el caso, bastaba con renunciar antes de que el plazo se cumpliera para salir ilesa. Me acerqué al señor Garbín y le dije que quería presentar mi carta de renuncia. No me dejó. Mientras fingía estar ocupado y no estar interesado en mí, me decía que en mi contrato decía claramente que yo no podía renunciar hasta que se cumpliera mi tiempo de servicio. “Mi tiempo de servicio”… pensé, era el plazo que estaban esperando a que se cumpliera para matarme. Mientras trataba de no desmayarme oía constantemente la frase “pero eso, Kiara, está en tu contrato”. Y verdaderamente la debe haber repetido al menos unas seis o siete veces. No sé en qué estaba pensando cuando, por impulso, le conté de mis sospechas acerca de mi asesinato (¡qué torpe!). Me impresionó su respuesta: eso también estaba en tu contrato, Kiara.

Pero, ¿cómo? ¿Cómo me matarían? Pensé: puede ser que decidan asesinarme indirectamente, por envenenamiento. Podrían envenenar a) la comida; b) los dulces de la maquinita expendedora o c) el café. Casi inmediatamente descarté las tres opciones porque sería muy riesgoso en un lugar con tanta gente envenenar algo que podría tomar cualquiera por accidente.

De manera que restaba sólo la opción de que alguien viniera a asesinarme directamente. ¿Quién? La verdad es que se me aparecía como una medida injusta porque si en algún momento se llegaba a saber que mi muerte no había sido ni accidental ni por suicidio, alguien tendría que caer. Y suponiendo que esta trama involucraba una mafia significativamente grande, quien cayera debería caer solo, sin hundir a nadie ni delatar el complot.

Así que empecé a analizar personalidades para saber quién sería mi ejecutor. No podía ser alguien en un cargo alto, mientras menos operativo es el trabajo de una persona, menos prescindible es la persona; además, claro, las personas en puestos altos ya están demasiado involucradas con la mafia como para que ésta las dejara salir. Alguien suficientemente prescindible que, además, supiera comportarse como líder podría librarse de una tarea así simplemente moviendo las conexiones que estos individuos tienen con los altos mandos.

Concluí que buscaba a alguien callado, una mujer tal vez, sumiso, sometido a la presión de grupo, que no es capaz de contradecir una orden de su superior... Volteé y vi a una mujer a la que nunca había visto en mi vida pero que reconocí en el sueño. ¡Ella es! (pensé). Encajaba perfectamente en el perfil de mi asesino. En ése momento me dio mucha lástima que ella se fuera a ver obligada a asesinarme en contra de su voluntad. Es un poco irónica la idea de la "pobrecita chica que me tiene que matar".

No recuerdo su rostro, pero recuerdo a esta mujer delgada, alta, de pelo oscuro y ojos verde claro, vestida de negro con una blusa blanca y tal vez una corbata oscura. Tenía que alzar la mirada para verla en los ojos verde claro que hacían que su rostro se desvaneciera alrededor de sus cuencas. Me sonreía mientras le decía: "No te preocupes, voy a renunciar. Así no se cumple el plazo y no vas a tener que matarme." Lo dije con tanta seguridad que no me sorprendió ver el indicio de una sonrisa de agradecimiento en su rostro. Pero el gesto no se completó porque ella estaba rodeada de asistentes igualmente lindas (luego me di cuenta de que todas estaban vestidas igual) que al oír mis palabras empezaron a reírse burlonamente, como si hubiera dicho el mayor disparate de la historia, aunque se reían sin intención de hacerme sentir mal, más bien parecían querer reírse conmigo (como suelen hacerlo en la vida real). Mi asesina potencial se reía con algo de esfuerzo y cuando estaba yo por irme me miró de reojo como se mira a un cachorro cojo: con excesiva lástima.

Su expresión me hizo pensar que tal vez no habría forma de escapar, que no tenía sentido tratar de renunciar porque mi asesinato estaba planeado y yo ya no podría hacer nada al respecto. Por eso no me habían dejado salir de Siemens y por eso revisaban mis cosas. Todo parecía tan organizado que no debía haber manera de salir de esa trampa puesta ante mis ojos.

Decidí que era hora de hablar con alguien del asunto de mi asesinato como tal. Recordando a quien me enseñara tanto durante mi estadía en la división anterior, aparecí hablando con Luis Santa. Estábamos en algún lugar al aire libre, yo sentada en el peldaño de una escalera, viendo pasar a personas que no parecían de Siemens, y Luis estaba sentado delante de mí. No oía mi voz, pero sentía que mis labios se movían y que mis cuerdas vocales vibraban. Entonces asumí inconscientemente que le estaba contando lo que me había pasado en el día, también porque sentía que junto con mis palabras, salía de mí una angustia terrible, que hacía que me dieran muchas ganas de llorar. Ahora que lo pienso, es realmente extraño que en esos instantes no hubiera llorado, conociéndome. Lo último que le dije fue “… y ahora no sé qué hacer”. Él se mostraba siempre concentrado pero no reaccionaba ante nada, como una piedra en la que fue esculpido el rostro de un hombre pensativo, un rostro que no va a variar su gesto aunque le narremos los acontecimientos más caóticos o los más aberrantes de nuestra historia. Así permaneció Luis, asintiendo de vez en cuando con la cabeza hasta que dije eso: “… y ahora no sé qué hacer”.

Recién entonces él se incorporó y dijo – pero Kiariña, eso ya se sabe de hace tiempo…

- ¿Como?

- Sí, o sea, yo había escuchado los rumores, pero no quise creerlo. ¡Pero los rumores ya se oyen de hace meses!

¡Meses! Y yo, que estaba a punto de llorar, me contuve, o mejor dicho, me contuvo la (doble) sorpresa. ¿Cómo podía alguien en su sano juicio hablar de un asesinato próximo con tanta naturalidad? Y si se suponía que se trataba de un amigo, ¿cómo podía no mostrar la más mínima preocupación? Esas preguntas con respecto a Lucho invadieron mi mente en ese momento. Ahora se suman otras cavilaciones: él ni siquiera respondió a mi pregunta tácita: ¿qué puedo hacer? Se limitó a insinuar que debía resignarme a mi destino y aceptar mi inminente asesinato como algo intrascendente. Pero no fue sólo la actitud de Luis lo que me sorprendió, sino la información que me brindó: las noticias de mi asesinato se corrían desde hace ya meses. Eso comprobaba mi teoría de que todo había sido planificado con calma y con las precauciones del caso, lo cual hacía de mi asesinato algo potencialmente más difícil de evitar.

Ante estas reflexiones me desesperé y de repente me encontré llorando al lado de Alfonso. Exactamente igual que antes, me sentí contándole mis preocupaciones recientes. Lloraba con tanta desesperación que habían momentos en los que me faltaba la respiración. Sollozando, gritando, ponía mis manos sobre mi cara y sentía que él me abrazaba sin saber exactamente qué hacer o qué decir. Me acarició el pelo como suele hacerlo cuando está cerca de mí, sólo que ésta vez no lo hizo con una sonrisa en los labios sino diciendo "ya, Kiarita, cálmate..." con su voz suave. Permanecía serio, algo preocupado, pensé, empático. Sin embargo, además de ese "ya, Kiarita, cálmate..." no dijo nada más. Choclito (Óscar) estaba sentado a mi otro costado, serio, sin inmutarse por nada, callado, inmóvil, durante todo el tiempo que permanecí con Alfonso, que en realidad no fue mucho ahora que lo pienso.

En algún momento levanté la cara y con la mirada aún borrosa por las lágrimas pude distinguir a la chica que debía matarme, acompañada de otras asistentes de área que estaban todas vestidas igual: pantalón y saquito negro, blusa blanca, acaso zapatos de taco alto y tal vez una corbata negra. En el sueño, no me percaté de su ropa sino hasta este momento. El que me siguieran hasta ese lugar terminó de confirmar mis sospechas, así que instintivamente salí corriendo. Bajé las escaleras en las que me sentaba, pasé por su lado a un par de metros de distancia y doblé a la izquierda y luego no recuerdo como salí a un pasaje lleno de gente que no conozco, donde casi todos caminaban en dirección opuesta a la mía. De repente, de alguna tienda o algún pasaje transversal salió mi mamá que parecía algo sorprendida de verme. Me dió la mano y me ofreció llevarme a un parque de diversiones que yo conocía. Me pareció una buena idea y, sin apuro alguno ni angustia de persecusión, caminamos hacia el sitio.

Antes de llegar maquiné que sería una buena idea ir a un lugar en donde hubiera mucha gente y muchos lugares donde esconderse y donde pasar desapercibida. Llegamos y luego de hacer una cola para entrar me dirigí hacia la zona más tupida del parque. En esa zona fue que, como en cámara lenta, vi pasar a una uniformada, sin reconocer quién era. Corrí en dirección opuesta para ver pasar entre las personas a otra más. Cada vez que corría hacia algún lugar veía o sentía la presencia de alguna de ellas y mi angustia crecía junto con la sensación de encierro y junto con la desesperación.
Finalmente, cuando trataba de reconocer a las malditas entre los cientos de gentes que caminaban en el local, cuando la idea de estar rodeada y sin salida como una rata inmunda me desesperaba insoportablemente, cuando consideraba la posibilidad de entregarme para terminar de una vez con la tortura psicológica, la guerra que significaba continuar huyendo, justo entonces, desperté.

sábado, 28 de junio de 2008

No de nuevo...

Hay un chico muy lindo donde trabajo, se llama Giancarlo. No sólo es lindo porque tiene un rostro risueño, sino porque es amable y caballeroso a pesar de ser muy ingenioso y gracioso. Puede burlarse y ser sarcástico sin dejar de ser respetuoso con los demás, tiene un carisma que funciona como un imán de personas y su mentalidad bastante abierta y tolerante lo hace una persona con quien siempre vale la pena tener una conversación.
Anoche soñé con él. Lo acompañaba a su casa porque tenía que cambiarse para ir a otro lugar. O creo que después teníamos que separarnos, no lo recuerdo. El sueño es muy simple: él entra a su cuarto y sale muy bien vestido, de camisa blanca y corbata naranja y terno negro. Le hice un cumplido por su ropa y él se sonrió y creo que hasta se sonrojó un poco. En algún momento se volvió a cambiar, cuando lo vi llevaba una camisa verde oscuro y creo que ya no tenía corbata.
Estábamos riéndonos mucho en el camino por los chistes que él hacía. Llegamos a una esquina y con nosotros, el momento de despedirnos. "Nos vemos." "Chau." Cuando me acerqué a darle un beso, los extremos de nuestros labios chocaron, pasaron uno, dos, tres segundos, yo no sabía qué hacer, no sabía cómo reaccionar, ¿qué hago? ¿qué hago?, pensaba y pensaba y sentía latir mi corazón más rápido y más lento a la vez, más intensamente, sentí que estuve quieta una eternidad, pero sólo fueron segundos.
De repente sentí su lengua acariciando mis labios, tratando de tocar la mía. Mi primera reacción fue perderme pero casi por reflejos me alejé, no muy bruscamente, pero sorprendida. Casi sin pensar, me relamí los labios, mirándolo fijamente a los ojos. Cuando vi su cara de extrañeza me di cuenta de lo que estaba haciendo. Sentí tanta vergüenza que miré al piso y seguí caminando. Él caminaba a mi lado. No habíamos dado cuatro pasos cuando sentí que me tomó de la mano. Entrelacé mis dedos con los suyos y mientras caminaba así, junto a él, me desperté.

domingo, 22 de junio de 2008

El sapito verde... (8)

Estaba mirando un estanque muy de cerca. Estaba tan cerca que el sapito que estaba parado sobre una hoja me parecía del tamaño de un melocotón, cuando en realidad podría haber cabido en la palma de mi mano. Era un sapito verde oscuro, realmente pequeño, de tres dedos de alto.
Un pez del doble de su tamaño estaba contándome la historia del sapito que se comió a los dos peces que vivían en el estanque. Yo estaba asombrada con el hecho de que un sapito de ese tamaño se pudiera comer a dos peces del tamaño de su buche. Me imaginé que se tendrían que desintegrar en su estómago. El pez grande me contaba que nadie creyó que se pudiera comer al segundo después de que se comió al primer pez, pero lo hizo. Mientras él me contaba la historia, yo veía cómo su relato se reproducía frente a mí como si, en vez de narrármela, estuviera describiendo lo que ambos veíamos. El pez estaba echado sobre una hoja de loto.
Yo no me extrañaba para nada por que el pez que me hablaba ni siquiera estuviera en el agua ni por que el sapo pudiera tragar animales enteros como si fuera una serpiente.
La historia continuó con que el sapo finalmente quiso comerse al pez más grande, el que hablaba. Pero yo no podía permitir que un animal tan especial desapareciera.
Agarré un palito y separé las hojas en las que estaban sentados el pez y el sapito. El sapito se cayó al agua y no podía ver mucho por las algas. Eso lo sé porque cuando se cayó yo empecé a verlo todo desde la perspectiva de él, nublada y borrosa.
En ese momento me pareció oír a una mujer discutir con su madre y entonces me desperté.

jueves, 19 de junio de 2008

Vargas Llosa

Soñé que conocí a Mario Vargas Llosa, el escritor.
Fueron básicamente tres escenas.
1) Yo le abría la reja de mi casa para entrar junto con él. Le pregunté por Varguitas y por la tía Julia y quería hablar sobre lo que significaba la determinación. Trataba de no resultar impertinente hablando sobre "libertad literaria" y mencionando que sí sabía que él no era Varguitas entre otras tantas cosas.
2) De pronto, él agarra la tela del vestido que tenía puesto diciendo que era un vestido muy lindo y una tela muy fina. Yo estaba avergonzadísima pero atiné a decir que me lo había hecho mi abuelita. No estaba mintiendo, pero ese vestido de hecho se parecía al que usé durante la ceremonia de graduación del Abitur.
3) Vargas Llosa y yo estábamos dentro del auto de mi vecina y la reja estaba abierta, todo listo para que nos fuéramos. No recuerdo quién manejaba, pero me parece que era él.

Conversación espontánea

Herr Remold y yo hablábamos de la libertad en el medio de un patio redondo. Sólo había un pasaje de entrada y salida a ese patio. El piso tenía piedras niveladas. El cielo se veía limpio y celeste como nunca.
Discutíamos sobre el libre albedrío y el destino. Nos habíamos alejado del resto del grupo con el que habíamos ido a ese lugar, no sé si eso fue a propósito por acuerdo tácito o no... Probablemente sí. El punto es que nos separamos de los demás porque queríamos hablar de algo que los demás no entenderían.
Me acuerdo de que el lugar en el que estábamos se parece mucho al complejo del ejército, pero más desierto y con muchísimas lunas-espejo polarizadas. Hay una escena en la que íbamos todos casi en una fila encabezada por el profesor; el reflejo de todos se movía a nuestro lado en las lunas polarizadas. Parece que habíamos ido ahí para una visita del colegio o algo así. Reconocí a varias personas de mi promoción del colegio: Nachi, Yosi, Francesco, alguna otra persona.
Mientras hablaba con el Herr, los demás nos espiaban desde adentro de un edificio al que me parece que habíamos entrado antes. Estaban en una iglesia muy parecida a la capilla del Hospital Militar.

miércoles, 18 de junio de 2008

Tres personajes

Mis papás permitieron que una amiga se quedara a dormir en mi casa durante una semana. Ellos, a su vez, invitaron a una señora alta, de pelo negro y corto, de cuerpo esbelto, gusto fino por la ropa y el maquillaje (uñas y boca pintadas de rojo), varias arrugas, facciones refinadas y mirada de mala.
Explorando la casa junto con mi amiga, descubrimos un portal que daba a un jardín lleno de vida: había pequeñas colinas, flores de todos los colores, arcoiris, gotas de rocío que parecían escarcha, un cielo celeste y limpio, arroyuelos de agua cristalina y un clima agradable.
Al regresar a la casa, el día que descubrimos ese jardín, estuvimos solas después de mucho tiempo. De repente me dio la impresión de que ella hubiera cambiado de forma: parecía tener menos cabello, se veía más bajita, más chiquita y su cara aparentaba menos edad de la que tenía. La miré tan anonadada que no me di cuenta del tiempo que permanecí mirándola. Cuando volví en mí, la besé. Ella no opuso resistencia.
Los días pasaron igual que ése. Nos divertíamos tanto en ese jardín. Había lugares que hacían las veces de juegos mecánicos gigantes, pero que habían crecido naturalmente en ese lugar. El portal parecía una cúpula de vidrio del tamaño de una persona y brillaba cada vez que entrábamos o salíamos.
Un día, la invitada de mis papás entró a buscarnos al jardín. Sólo asomó la cabeza; no entró con todo su cuerpo. Me sorprendió que supiera del portal pero supuse que tarde o temprano lo encontraría y no me preocupé más por el asunto. Mi amiga y yo nos escondimos un poco de ella porque no queríamos que notara que caminábamos tomadas de la mano. Ella nos dijo que era hora de regresar y mi amiga y yo nos dirijimos a la puerta.
Mi amiga se fue primero. Antes de que pudiera pasar, la señora se interpuso en mi camino y me empezó a hablar. No me acuerdo exactamente de qué me dijo, pero sé que me hizo sentir muy mal y que en ese momento pensé que quería hacerme daño o que se sentía amenazada por mí de alguna manera.
Una vez fuera, busqué a mi amiga de nuevo y nos fuimos a mi cuarto. Cuando la estaba besando, su cara volvió a cambiar, pero esta vez no cambió a su forma original ni a otra que no conociera: era la invitada de mis papás. Yo me alejé bruscamente porque me asusté. Entonces la señora se rió y me reveló que ella, mi amiga y la niña a la que yo besaba eran todas la misma persona. Ella podía cambiar a su gusto cuando quisiera y sólo se había disfrazado para llegar a ese jardín de colores, ya que me necesitaba para entrar.
Mientras yo, horrorizada y angustiada, la escuchaba burlarse de que no me hubiera dado cuenta antes de que se trataba de la misma persona, me iba despertando poco a poco.

martes, 17 de junio de 2008

Tu voz y mi canción

Era de noche y estaba en algún lugar bien iluminado de la ciudad de Lima junto con algunas personas de mi actual clase del BBZ. Un evento acababa de terminar y ya era hora de irnos a nuestras casas.
Uno de los chicos, Gabriel, me ofreció jalarme hasta mi casa porque me dijo que vivíamos cerca. Eso me sorprendió, primero, porque no sabía que su casa quedaba cerca de la mía y, segundo, porque no me imaginé que tal acto de caballerosidad y consideración para conmigo pudiera venir de él.
Resultó que el chico tenía un auto (lo cual no es cierto en la vida real, al menos hasta donde yo sé) y me subí al asiento del copiloto. Prendí el radio y la emisora pasaba canciones de rock en inglés (Planeta, 107.7).
No sé de qué estuvimos hablando, pero recuerdo que él se reía y yo me perdía en su sonrisa. Me quedaba miándolo sin entender cómo alguien de rasgos tan incoherentes podía resultar tan atractivo en conjunto. Además era una persona que en general resultaba desagradable.
La hilación de mis pensamientos se cortó cuando pasaron una canción que me gusta muchísimo. Para entonces habíamos dejado de hablar y yo sólo miraba las luces de los faros pasar a ambos lados del auto. Empecé a cantar y Gabriel me miró, sorprendido.
Yo había dejado de pensar en dónde estaba y sólo sentía mi voz salir de mi garganta. Disfruté mucho ese momento hasta que me di cuenta de que era un poco inapropiado. Antes de que me detuviera, Gabriel me preguntó:
- ¿Te gusta cantar?
- Ejem, sí. ¿Por qué?
- No, por nada, cantas chévere. - Hizo un gesto que hace cada vez que quiere dar a entender que algo coincide medianamente con sus gustos, que es de bueno pero no demasiado. - Oye, ¿no quieres cantar en mi grupo?
- ¿Qué? ¿Cómo así?
- Es que hay una canción que estaba escribiendo y tu voz es justo como para esa canción. Como que es justo lo que necesitaba.
- Ah, sí. Normal. Si quieren.
Después de eso seguimos el camino sin hablar, con la radio apagada, mirando pasar las luces de la calle. Creo que manejó durante toda la noche porque cuando llegamos a un lugar que yo pude reconocer ya era de día. Faltaban unas 5 ó 6 cuadras para llegar a mi casa y Gabriel sobreparó al lado de una vereda.
- Listo, acá te dejo.
- Ok. Gracias.
La verdad es que me sorprendió que habiendo conducido tanto tiempo, me dejara a 5 cuadras de mi casa. Pero luego, pensándolo mejor, asumí que era algo bastante obvio que Gabriel, en algún momento, dejaría la caballerosidad de lado. Las palabras Gabriel y caballerosidad sólo podían entrar en la misma oración si al medio decía "carece de" - al menos eso pensaba.
Me bajé, algo emocionada por la posibilidad de cantar frente a un público, y empecé a caminar hacia mi casa con una mochila que no pesaba casi nada en la espalda.
Entonces me desperté.

martes, 8 de abril de 2008

La pricesa, el caballero y el moro (segunda parte)

Cerré el libro y me di cuenta de que todo había sido parte de una historia que estaba leyendo. Pero esa historia no estaba escrita en ningún idioma conocido. Más parecía un código que mi mente leía automáticamente y que lograba que las imágenes se plasmaran directamente en mi mente. Era como si apenas lo abriera regresaran a mí las escenas de la princesa, del prícipe en su caballo blanco, del moro y el establo, de la dama de corte con su profesor/amante. Todo llegaba a mí directamente apenas abría el libro con la foto del príncipe en la pasta. Parecía magia.
Resultó que era una especie de trabajo que me había dejado para la clase de castellano con Frau Díaz. Tenía que buscar un artículo sobre tipos de literatura tomando como base lo que supiera de ése libro. Encontré en internet uno que decía "... hay autores que afirman que sólo hay un tipo de buena literatura: la literatura épica. Aquella en la que aparecen caballeros y princesas demostrando valentía, entre otros valores y virtudes que poseen y que van desarrollando a lo largo de la historia. Otros autores creen que la calidad de la literatura depende de la manera en la que las partes de la historia coincidan como las piezas de un rompecabezas para lograr una obra homogénea..."
Yo estaba reflexionando sobre estos asuntos cuando me di cuenta de que tenía que apurarme. Tomé el libro y lo puse debajo de mi brazo. Busqué la puerta y mientras caminaba a ella, me desperté.

La pricesa, el caballero y el moro

Una doncella de corte está en un lugar que podría ser un granero o un establo. Su vestido está lleno de polvo y desgarres; y su pelo ensortijado que le llega a la cintura es sólo vestigios de lo que alguna vez fue un moño elaborado por el estilista personal de la corte.
Ella había sido tomada prisionera por un moro, un hombre que no parecía humano por su enorme tamaño y que tenía facciones toscas igual que cada parte de su cuerpo y que cada movimiento que hacía. Sus manos eran gigantes y su cara estaba llena de vellos sucios. Ese moro creía haberse enamorado perdidamente de la doncella que ahora mantenía presa en ese lugar oscuro y sucio, y por eso la tenía ahí, para que nunca se fuera de su lado. Él entraba a acariciarla, a besarla, en fin, a disponer de ella como y cuanto quisiera. La trataba con ternura, sí, pero la doncella no podía evitar sentirse asqueada de esa criatura que no le daba libertad.
Un dibujo que retrataba a la princesa en la más profunda tristeza se dibujaba en tinta china sobre un papel doblado en cuatro.
Una noche, un caballero montado en su blanco corcel rescata a la doncella de las manos del moro. El caballero está enamorado de la doncella, quien en el fondo, lo había esperado día tras día. Incluso en su más honda tristeza sabía que el caballero llegaría por ella. Cuando el moro entró al establo y vió sólo la paja en el piso y las cadenas de la princesa regadas, entró en tal ira que se propuso recuperar a la doncella y asesinar al caballero que se la había arrebatado.
Lo siguiente que vi, fue a la doncella de regreso en el palacio, junto con las demás doncellas de la corte. Ahora que había atravesado una experiencia dura, la doncella había fortalecido su espíritu y se daba cuenta de la superficialidad de las demás mujeres. Paseaba entre las multitudes con la misma cara de tristeza que tenía en los recintos del moro, sólo que esta vez con sus mejores vestidos.
Ya que no era de buenas costumbres que un caballero merodeara los salones que frecuentaban las damas de la corte, el héroe que la rescató se encontraba en el patio, vigilando la entrada del castillo. Ahora él tenía en sus manos en retrato de la princesa en tinta china.
Se me ocurrió hablarle a una de las doncellas, aunque no sé si yo era una doncella más o si era un caballero o el rey. Me acerqué a ella y me di cuenta de que se movía muy despreocupadamente, como si quisiera llamar la atención todo el tiempo. El escote circular de su vestido era muy grande y se había puesto vaselina o crema en el pecho, de manera que cuando se movía, los ojos de todos se veían directamente atraídos por los saltos y el brillo excesivo en sus pechos. Se reía todo el tiempo, pero la suya era una risa enfermiza. No me inspiraba gracia alguna. En fin, me dijo que quería mostrarme lo que había aprendido de piano, ya que tenía a un profesor desde hacía ya un año más o menos.
Empezó a tocar una melodía de ritmos definidos, compuesta por terciadas. Pero unos diez segundos después empezó a reírse como una desquiciada y a tocar la primera tecla que sus dedos alcanzaran provocando un ruido infernal. Parecía estar disfrutando el espectáculo ella misma cuando se dió cuenta de que estaba llamando demasiado la atención y se calmó un poco. Entonces me dijo que eso era todo lo que había aprendido con su profesor que ya conocía desde hace un año. Entonces me di cuenta de que éste profesor se había convertido en su amante, por lo cual seguramente no había podido enseñarle nada más que excesos y perversiones. La chica me asqueó tanto que fui a otro lugar con la determinada intención de alejarme de ella y de todas las que se comportaran de manera parecida.
Una vez fuera, vi al moro con un cuchillo escondido entre las columnas del patio del palacio, tratando de reconocer al hombre que vigilaba la entrada. Cuando lo reconoció, se lanzó impulsivamente sobre él y trató de atacarlo con el cuchillo, pero el caballero, entrenado para la batalla, reaccionó lo suficientemente rápido como para sostener la mano del moro y evitar salir herido. El moro estaba tan furioso que casi podía sentirse físicamente su ira si se pasaba por ahí. Sólo la fuerza del caballero lo impedía de asesinarlo.
El moro vió un papel saliendo del bolsillo del caballero, bajó la mano con el cuchillo y con la misma ternura con que tomaba a la doncella en sus manos tomó el papel doblado en cuatro del bolsillo del caballero. Al verlo su expresión cambió completamente. El dibujo de la princesa en tinta china no sólo debió ser hecho en un momento de extrema tristeza de la princesa, sino que la persona que lo hiciera debió estar extremadamente triste también. No hay palabras para explicar lo que ese dibujo con flores en el fondo transmitía: esa nostalgia de lo que se pierde y se sabe inrecuperable, la tristeza que conlleva un "nunca más" y el dolor de una separación. Era como si todos esos sentimientos se hubieran disuelto en agua y la hubieran hecho tan oscura como tinta china y con esa tinta hubiesen pintado.
El moro, afectado totalmente por lo que vió, preguntó "Esto significa que ¿ha muerto?" El caballero sintió que su mente volaba a mil por hora: si le decía que no, buscaría no sólo a la doncella y a él sino tambien al autor del dibujo, si le decia que sí dejaría de buscarlos a todos, aunque tuviera que mentir, era un bien mayor. "Sí." El moro soltó el papel. Dio media vuelta y se alejó del castillo.
Cuando estuvo fuera de la vista del caballero, él se subió a su blanco corcel que era tan alto como la pileta más grande del patio. Su capa obedecía solemnemente a las ondas del viento, el corcel relinchó con la fuerza de un gigante y se paró en dos patas. Al caer nuevamente al piso, la imagen del caballero triunfante se congeló y apareció como en la pasta de un libro gordo que estaba cerrando con mis propias manos.

domingo, 17 de febrero de 2008

Bomba biológica

Hace poco se construyó un edificio blanco al lado de mi casa.
Ahora lo estaban demoliendo para construirlo de nuevo.
Me divertía mucho ir a la demolición cuando no había nadie porque podía subir por vigas a lugares altos y quedarme ahí sentada mirando todo desde arriba.
Un día fui con una amiga de pelo corto y corte honguito, algo gordita. No recuerdo quién era. Habían dos policías mujeres en el sitio, vestidas de azul con sacos largos, llenos de botones. Mi amiga y yo estábamos sentadas en lo que había sido el piso de una terraza alta cuando vimos llegar a otra chica que había tenido problemas con nosotras; líos de secundaria, malentendidos, ese tipo de problemas. Llegó con una calculadora verde en las manos y cuando nos vió su cara se llenó de rabia y comenzó a hablar y nosotras también, tratando de resolver asuntos caducos, pero ella no oía razones y simplemente tiró la calculadora hacia donde estaban las policías. Yo, imaginando lo que podía ser, y sabiendo con qué intenciones podía utilizar su conocimiento esa chica, grité "¡Cuidado!" Una de las policías volteó de donde estaba sentada y vió la calculadora y puso cara de muy asustada, cogió la calculadora y la lanzó con todas sus fuerzas hacia lo que había sido el sótano, un lugar profundo con algunos muros que lo separaban del resto de la construcción. No había terminado de caer el objeto cuando vimos y escuchamos una explosión.
Sonó algo como un balazo muy corto y la explosión se reabsorbió muy pronto. Creo que incluso me sentí decepcionada porque había esperado un mayor desastre viniendo la bomba de esa chica que yo consideraba tan hábil.
La otra policía agarró a la chica por los brazos, y empezó a forcejear con ella, derrepente la chica se quedó tranquila y empezó a reírse a carcajadas. Entonces dijo "¡Tontas! ¿Creen que la explosión era todo el daño de la bomba? Esa era una bomba biológica, en segundos todos los sistemas orgánicos dentro de un kilómetro a la redonda empezarán a destruirse si estuvieron cerca a la explosión." Entonces empecé a ver cómo algunas partes de las paredes se derretían, me acordé de que mezclaban cemento y arena para construir, vi que la pintura se caía de las pareces como agua, y entonces... ¡AAAAAAAAAAAHHH! Escuché un grito desgarrador y cuando volteé vi a la policía que había lanzado la bomba con la cara partida en dos, como si hubiera sido pisada por una aplanadora muy pesada, toda su cara sangraba e incluso podía ver los sesos entre las rajaduras del hueso. Pero la policía seguía viva y desangrándose. La chica se rió aún más cuando la policía que la tenía agarrada la soltó para ayudar a su compañera y le pasó lo mismo, ambas estaban muriendo en el suelo de esa construcción mientras la chica huía.
La amiga con la que había ido me gritó ¡Corre a tu casa! ¡Vete de aquí! Y yo sin atinar a nada por el miedo y la confusión le hice caso y empecé a correr a mi casa, a mitad del camino oí un crujido muy fuerte y vi sangre en el piso.
Al entrar me vi a un espejo, me había pasado exactamente lo mismo que a las policías, mi cara estaba partida en dos, aplastada y sangrando, mis sesos se veían a través de la ruptura del hueso. Mis padres no estaban y yo desesperada me eché pintura rosada y celeste en toda la ropa, creyendo que por ser inorgánica me protegería. Salí al jardín y empecé a llorar. Entonces escuché la reja abriéndose y me escondí en una esquina. No quería que me vieran en ese estado. Me daba vergüenza.
Pero cuando llegaron al jardín no pude más "Papi, mami, mírenme." con lágrimas en los ojos y la cara sucia y ensangrentada. Mi papá se quedó boquiabierto y mi mamá me dijo "¿Y? Ya pues, no pasa nada, por eso no se llora" Parecía que supiera que realmente lloraba por lo feo que se veía mi rostro entonces, me sentía un monstruo.
Recién en ese momento tuve fuerzas para decirle a mi papá que teníamos que alejarnos, que habían detonado una bomba biológica que destruiría a todo lo que encontrara a un kilómetro a la redonda. Mi papá, más preocupado por mi histeria que por su salud dijo "entonces hay que regresar todos al carro"
Subí con todos, mi papá manejando y empezamos el camino hacia la casa de mis abuelos. Teníamos que pasar frente al edificio y vi que salía humo pero no había fuego, era como si todo se derritiera sólo con el sol.
Habían muchas cámaras y reporteros en la entrada y tres cuerpos adentro, se veían porque no habían paredes. En medio de los reporteros un militar vestido de verde, saco largo lleno de botones, bigotes negros, un poco gordo. Parecía estar explicándolo todo. Pensé que si ese hombre y toda la demás gente estaba tan cerca al lugar de la detonación era porque el efecto ya había pasado, ya no había peligro. "Estamos salvados, estoy salvada" y una sensación de alivio que nunca había tenido recorrió todo mi cuerpo en ese momento porque supe con certeza que no iba a morir.

Break in

Estaba en el baño de mi casa, a la izquierda del lavatorio hay una ventana de unos 40 cm de ancho. Había entrado tan rápido a lavarme las manos que ni siquiera había prendido la luz. Entonces escuché un sonido muy bajo al lado de mi oreja, como si un objeto de plástico muy pequeño se cayera. Volteé a mirar y vi una maquinita azul de afeitar en el alféizar de la ventana, justo cuando la iba a coger se cayó hacia afuera, entonces me puse sobre las puntas de mis pies para mirar a dónde se había caído y todo lo que alcancé a ver fue la silueta de una persona, un hombre, parado abajo del balcón, mirando hacia arriba.
Vi que lanzó algo amarrado a una pita y la misma maquinita apareció en la ventana, esta vez tuve tiempo suficiente para darme cuenta de que estaba amarrada a una pita negra. En ese momento pensé que si el tipo lograba que esa maquinita se enganchara al marco de plástico de la ventana, podría subir con facilidad y entrar a la casa por el balcón que daba al lado del baño.
Mi primera reacción fue correr y cerrar la puerta del balcón, pero el hombre no desistía y seguía lanzando la maquinita tratando de subir.
Yo miraba el aparatito cada vez que entraba por la ventana y volvía a salir envuelta en pánico, no podría moverme, no podía hablar, no podía siquiera gritar para pedir ayuda, no atinaba a nada.
Junté toda mi voluntad para tratar de agarrar la maquinita pero mis dedos eran como de goma y pude sostenerla bien, todo lo que logré fue que se enganchara en la parte de atrás de mi mano.
Pensé que al menos sería algo bueno, pero cambié de parecer cuando sentí un tirón, luego otro, y luego presión sobre mi mano. El hombre que estaba afuera había empezado a subir por la pared asiéndose de la maquinita enganchada a mi mano que había empezado a sangrar un poco.
Pero el peso del hombre era cada vez mayor y mayor y la herida se hacía poco a poco más profunda. Y yo sólo miraba, porque el terror de la herida, de cómo me la había hecho y de la idea de un extraño irrumpiendo en mi casa sabe Dios para qué me tenían petrificada, sin moverme, mirando como mi mano sangraba más y más.
No recuerdo quién fue, pero alguien subió las escaleras y vio la puerta del balcón cerrada y mi silueta en el baño a oscuras, con la mano derecha levantada a la altura de la ventana y un charquito de sangre a mis pies, mi cara iluminada por la luz de la lámpara del hall. Recién entonces pude atinar a decir en voz alta "¡Llama a alguien!" y con la respiración agitada cogí la máquina entre mis dedos con muchísima fuerza y traté de jalarla. Pero toda mi desesperación no bastaba y todo lo que lograba era hacer la herida más profunda y sangrar más. Cuando finalmente pude controlar mi fuerza y ejecutarla contra la fuerza del peso del hombre que seguía subiendo la máquina se movió hacia afuera. Sentí cómo se despegaba de mi carne poco a poco, cómo el metal iba dejando mi piel, pero no podía retirarla del todo porque no era lo suficientemente fuerte.
Justo cuando estaba por lograrlo, por retirar la máquina y soltarla para que el hombre cayera al piso, justo entre ese momento y el momento en que empezaba a ver su mano asomándose por la ventana, justo entonces, me desperté.

martes, 12 de febrero de 2008

Roze atrapada

Imaginen una mansión con pisos y columnas de mármol, afuera jardines con bancos. Todo del tipo de una casa de campo de la época victoriana.
En un rincón de la casa se ve un pasadizo con paredes pintadas, sucias, con polvo, pero el pasadizo está escondido, casi no se nota.
Si se entra, hay a lo largo puertas de madera barata que dan a cuartos pequeños. En cada cuarto hay una persona semi echada que puede verse a través de la única ventana polvorienta de cada cuarto. En esos cuartos no hay luz, por lo que la persona que se encuentra en cada uno apenas se distingue entre las sombras.
Al final del pasadizo, en un peldaño de mármol está sentada una chica de unos 18 años, parece gitana por el color de su piel y su pelo. Dos mechones de pelo teñidos de rosado caen sobre su rostro. Tiene puesto un vestido victoriano blanco, morado y con algo de rosado. Creo que tenía pitas rojas. Sus manos y pies están atados con cintas rosadas, pero a ella parece no importarle. A decir verdad se le ve bastante tranquila, mirando todo a su alrededor como quien mira una pintura no muy impactante.
Derrepente entra un hombre al que sólo se le ve la espalda. Tiene en una mano un vaso lleno de sangre y en la otra el brazo de una persona y se acerca a la mujer del vestido por el pasillo. La mujer lo ve y su expresión se llena de terror, quiere gritar y no puede, el miedo la paraliza.
El hombre entonces se da cuenta de que en su conmoción, olvidó dejar el brazo de la persona mutilada en el cuarto donde la dejó, y lo deja caer al piso. Se acerca a la mujer con el vaso lleno de sangre y trata de obligarla a tomarla, es entonces que la mujer se da cuenta de que lo que le había estado dando a tomar todos los días que ella había estado cautiva, había sido la sangre de las personas a las que él asesinaba.
Mientras forcejeaban ella gritaba ¡No!¡No! Por favor, ¿POR QUÉ?
El vaso con sangre se cayó al suelo y él se alejó. Tenía la respiración agitada y la ropa toda ensangrentada y empezó a explicarse.
La historia de la humanidad tiene demasiados errores. Tantos que es necesario reescribirla, rehacerla, cambiar lo ocurrido por un plan mejor. Pero eso requiere de sacrificios: el precio para reescribir la historia es que una mujer inocente tome la sangre que diferentes personas hayan perdido debido a la pérdida de una extremidad.
Efectivamente, los cautivos de los cuartos que estaban a lo largo del pasillo eran reyes, políticos, personalidades que de alguna manera hubieran influenciado la historia. También había gente desconocida pero con virtudes humanas muy específicas: nobleza, respeto, honor, entre otros. Y toda esa gente estaba semi echada en el suelo de sus cuartos asignados, sangrando, agonizando.
El hombre empezó a reírse muy ruidosamente y mientras lo hacía perdía piel, músculos, nervios, hasta quedar reducido a huesos muy débiles. Su confesión había causado que el poder producido se vertiera sobre él de manera negativa, de forma que al final sólo quedó un esqueleto vivo, sin fuerza suficiente para levantarse, pero el hombre seguía riéndose.
La mujer estaba aterrorizada, el miedo la había paralizado y sólo podía mirar lo que pasaba. Se dió cuenta de que el cuello del esqueleto era la parte más débil del cuerpo y de alguna manera supo que si lo rompía, el hombre moriría y ella podría escapar.
Pero no podía moverse, quería pararse y no lograba enviar las señales a los músculos de sus piernas. Fue entonces que ella empezó a ser yo. Yo lo veía todo desde sus ojos y sentía su miedo y mi voluntad se convirtió en su voluntad y sentí el terror como ella lo sentía y supe que entonces quien no se podía mover a causa del miedo no era ella, sino yo.
Miré mis manos, amarradas con las cintas rosadas y traté de pararme y me caí de rodillas, no pude mantenerme en pie. Al lado del hombre, le tomé el cuello. Él seguía riéndose, y que cuando le puse las manos encima se rió aún más fuerte porque sabía que el miedo no me iba a dejar actuar.
Sentía su cuello tan delgado entre mis dedos y no podía ajustarlos, el miedo me tenía paralizada. Lo único que lograba que tal vez pudiera ajustar un poco mis manos eran las cintas rosadas, que mantenían mis manos juntas, ya que de lo contrario habrían caído al suelo, pesadas, inertes.
Pero yo estaba ahí, viendo cómo la calavera se reía y me sobrepuse pero de a pocos, ajustando de a pocos, rompiendo de a pocos, escuchando el crujido de los huesos que se separaban de a pocos, hasta que despues de unos 20 segundos que parecieron eternos, la cabeza estuvo separada del cuerpo y el hombre estuvo muerto.
Recién entonces me separé de la mujer y pude tranquilizarme y alejarme, viendo a la gente en los cuartos a través de las ventanas empolvadas, viendo al esqueleto y al brazo que dejó tirado, viendo a la mujer sentada en el escalón de mármol cada vez más lejos.
Mi respiración está agitada, al igual que mi pulso, mi adrenalina ha subido, siento los latidos de mi corazón. Entonces me despierto.