Una doncella de corte está en un lugar que podría ser un granero o un establo. Su vestido está lleno de polvo y desgarres; y su pelo ensortijado que le llega a la cintura es sólo vestigios de lo que alguna vez fue un moño elaborado por el estilista personal de la corte.
Ella había sido tomada prisionera por un moro, un hombre que no parecía humano por su enorme tamaño y que tenía facciones toscas igual que cada parte de su cuerpo y que cada movimiento que hacía. Sus manos eran gigantes y su cara estaba llena de vellos sucios. Ese moro creía haberse enamorado perdidamente de la doncella que ahora mantenía presa en ese lugar oscuro y sucio, y por eso la tenía ahí, para que nunca se fuera de su lado. Él entraba a acariciarla, a besarla, en fin, a disponer de ella como y cuanto quisiera. La trataba con ternura, sí, pero la doncella no podía evitar sentirse asqueada de esa criatura que no le daba libertad.
Un dibujo que retrataba a la princesa en la más profunda tristeza se dibujaba en tinta china sobre un papel doblado en cuatro.
Una noche, un caballero montado en su blanco corcel rescata a la doncella de las manos del moro. El caballero está enamorado de la doncella, quien en el fondo, lo había esperado día tras día. Incluso en su más honda tristeza sabía que el caballero llegaría por ella. Cuando el moro entró al establo y vió sólo la paja en el piso y las cadenas de la princesa regadas, entró en tal ira que se propuso recuperar a la doncella y asesinar al caballero que se la había arrebatado.
Lo siguiente que vi, fue a la doncella de regreso en el palacio, junto con las demás doncellas de la corte. Ahora que había atravesado una experiencia dura, la doncella había fortalecido su espíritu y se daba cuenta de la superficialidad de las demás mujeres. Paseaba entre las multitudes con la misma cara de tristeza que tenía en los recintos del moro, sólo que esta vez con sus mejores vestidos.
Ya que no era de buenas costumbres que un caballero merodeara los salones que frecuentaban las damas de la corte, el héroe que la rescató se encontraba en el patio, vigilando la entrada del castillo. Ahora él tenía en sus manos en retrato de la princesa en tinta china.
Se me ocurrió hablarle a una de las doncellas, aunque no sé si yo era una doncella más o si era un caballero o el rey. Me acerqué a ella y me di cuenta de que se movía muy despreocupadamente, como si quisiera llamar la atención todo el tiempo. El escote circular de su vestido era muy grande y se había puesto vaselina o crema en el pecho, de manera que cuando se movía, los ojos de todos se veían directamente atraídos por los saltos y el brillo excesivo en sus pechos. Se reía todo el tiempo, pero la suya era una risa enfermiza. No me inspiraba gracia alguna. En fin, me dijo que quería mostrarme lo que había aprendido de piano, ya que tenía a un profesor desde hacía ya un año más o menos.
Empezó a tocar una melodía de ritmos definidos, compuesta por terciadas. Pero unos diez segundos después empezó a reírse como una desquiciada y a tocar la primera tecla que sus dedos alcanzaran provocando un ruido infernal. Parecía estar disfrutando el espectáculo ella misma cuando se dió cuenta de que estaba llamando demasiado la atención y se calmó un poco. Entonces me dijo que eso era todo lo que había aprendido con su profesor que ya conocía desde hace un año. Entonces me di cuenta de que éste profesor se había convertido en su amante, por lo cual seguramente no había podido enseñarle nada más que excesos y perversiones. La chica me asqueó tanto que fui a otro lugar con la determinada intención de alejarme de ella y de todas las que se comportaran de manera parecida.
Una vez fuera, vi al moro con un cuchillo escondido entre las columnas del patio del palacio, tratando de reconocer al hombre que vigilaba la entrada. Cuando lo reconoció, se lanzó impulsivamente sobre él y trató de atacarlo con el cuchillo, pero el caballero, entrenado para la batalla, reaccionó lo suficientemente rápido como para sostener la mano del moro y evitar salir herido. El moro estaba tan furioso que casi podía sentirse físicamente su ira si se pasaba por ahí. Sólo la fuerza del caballero lo impedía de asesinarlo.
El moro vió un papel saliendo del bolsillo del caballero, bajó la mano con el cuchillo y con la misma ternura con que tomaba a la doncella en sus manos tomó el papel doblado en cuatro del bolsillo del caballero. Al verlo su expresión cambió completamente. El dibujo de la princesa en tinta china no sólo debió ser hecho en un momento de extrema tristeza de la princesa, sino que la persona que lo hiciera debió estar extremadamente triste también. No hay palabras para explicar lo que ese dibujo con flores en el fondo transmitía: esa nostalgia de lo que se pierde y se sabe inrecuperable, la tristeza que conlleva un "nunca más" y el dolor de una separación. Era como si todos esos sentimientos se hubieran disuelto en agua y la hubieran hecho tan oscura como tinta china y con esa tinta hubiesen pintado.
El moro, afectado totalmente por lo que vió, preguntó "Esto significa que ¿ha muerto?" El caballero sintió que su mente volaba a mil por hora: si le decía que no, buscaría no sólo a la doncella y a él sino tambien al autor del dibujo, si le decia que sí dejaría de buscarlos a todos, aunque tuviera que mentir, era un bien mayor. "Sí." El moro soltó el papel. Dio media vuelta y se alejó del castillo.
Cuando estuvo fuera de la vista del caballero, él se subió a su blanco corcel que era tan alto como la pileta más grande del patio. Su capa obedecía solemnemente a las ondas del viento, el corcel relinchó con la fuerza de un gigante y se paró en dos patas. Al caer nuevamente al piso, la imagen del caballero triunfante se congeló y apareció como en la pasta de un libro gordo que estaba cerrando con mis propias manos.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario