En eso viene nuestra madre - ese día tenía un aspecto especialmente sombrío, estaba pálida y ojerosa, además de que estaba despeinada como nunca y hablaba con voz baja y parecía no escuchar lo que los demás le decían. Cogió a uno de mis hermanos y lo mandó a la casa abandonada a recoger algo.
Al ir mi hermano, se aparece un fantasma, una niña fea y sucia que llevaba un vestido blanco rasgado, sucio también. Salió un látigo desde atrás de ella y de dos latigazos le cortó los pies a mi hermano. Y mi mamá, mirando todo el tiempo, sin inmutarse. Mi hermano regresó y tuvieron que curarlo. Por la expresión de mi madre, yo presentí que ella nos iba a ir mandando a cada uno hasta que todos muriéramos en manos de esa niña fantasma. Entonces decidí escapar.
Pero resultó ser que mis hermanos y yo estábamos en ese lugar porque había una relación entre el sitio y nuestra naturaleza. No éramos humanos debíamos quedarnos ahí para permanecer en un estado humanoide. Por eso, cuando salí, empecé a desarrollar "poderes" que no sabía que tenía.
Empecé a ir a la universidad y ahí practicaba saltar y volar para desarrollar mis poderes. Me encontré con mi profe de literatura, él siempre me mandaba a mí a hacer cosas como sacar copias y recoger libros. Un día hubo una confusión sobre un capítulo de un libro que había que fotocopiar y como era doble página y había que imprimirlo por un lado y qué sé yo, me empezó a hablar en español, creo que para asegurarse de que yo le entendiera. Me hablaba con un acento alemán que me parecía de lo más tierno.
Empezó a darse algo así como una historia de amor, pero frustrada porque la niña fantasma de la casa abandonada me estaba buscando. Y yo lo sabía. Pero trataba de aprender a utilizar mis poderes para poder huir de ella cuando llegara el momento.
Hasta que la niña dio con la universidad y empezó la persecusión. Yo, conforme utilizaba mis poderes, me iba convirtiendo en otra cosa: me crecían las manos y me salían garras, mis piernas se alargaban para poder saltar altísimo, y el pelo me crecía y se hacía lacio y más oscuro. Nunca pude verme en el espejo, así que no sé exactamente cómo me veía, pero yo me sentía como una mezcla entre lobo y vampiro. Me han dicho que a lo mejor era un zorro volador.
Volviendo a la persecusión: trepé por las ventanas de un salón principal, había unas señoras abajo gritando asustadas, otras que me reconocían y me pedían que bajara. Pero yo sabía que bajar era un suicidio.
Por fin, con dificultad (porque de los nervios, no podía saltar bien), llegué hasta arriba y, en el techo, me encontré con un gato que había sido mío en mi pueblo y que también había huido de la matanza. Él también, fuera del pueblo, había aprendido a hablar.
Hablamos sobre la chibola, sobre mi transformación, me explicó un par de cosas y, en el apuro, le dije que escapáramos. Lo tomé en brazos y me fui volando del lugar.