viernes, 17 de abril de 2009

Peligrosa playa cristalina

Estaba con un grupo de gente en la playa. Lo primero que recuerdo es estar entre un montón de olas atiborradas de surfistas y deportistas que hacían kayak y natación. Era una playa bastante brava y las personas que estaban corriendo las olas pasaban cerquísima unas de otras. Veía las olas llenas de arena y algas venir hacia mí, a veces con un surfista sobre ella que me decía "¡Cuidado!" porque estaba a punto de atropellarme. Otras veces veía a las olas venir con gente nadando dentro de ellas. En un momento me di cuenta de que una chica vestida de rojo, de pelo marrón y lacio, estaba metida en un kayak corriendo una ola bastante grande. De pronto, su kayak dio vuelta y ella quedó remando bajo el agua. Creí que se ahogaría, no podía mover sus piernas, pero no parecía desesperarse; al contrario: empezó a remar como si estuviera fuera del agua hasta que la ola la arrastró a la playa, donde ya varios de los que habíamos estado en el agua estábamos tomando el sol.

Era un grupo bastante grande de chicos. Estaba ella (parecía una versión en persona de RedMoon), surfistas rubios de pelo enmarañado que debo haber visto en el periódico en algún momento, Sofía Mulánovic, Silvia (una vieja amiga de colegio), amigos del Instituto y primos. Javier (un primo) me estaba molestando, como suele hacerlo, cuando vi que Claudia (una chica bajita, algo gordita y sumamente graciosa que conocí hace poco) estaba hablando con Luis Landa (un profesor de literatura de mi colegio).

El profesor estaba explicándole algo acerca del mar e improvisó (¿?) una demostración ahí mismo. Tomó una gota de agua y la puso sobre el metal al rojo vivo del encendedor de cigarros que estaba en su auto. El agua empezó a evaporarse, pero también a moverse, como si estuviera siendo atraída por algo. Aparentemente, el agua se magnetizó, porque súbitamente cayó como mercurio imantado dentro de unas canaletas de metal que estaban a nuestro lado. Eran canaletas delgadas, de unos tres o cuatro metros de largo y cinco centímetros de ancho. En cuanto el agua las tocó, la gota empezó a expandirse sobre el metal, y como si se tratara de una reacción química de magnesio puesto al fuego, el metal empezó a irradiar una luz blanca muy brillante en el lugar en el que había caído el agua. Y no sólo eso, sino que el agua parecía continuar calentándose con la reacción, lo que ocasionaba que siguiera expandiéndose sobre el metal, provocando que fuera cada vez más largo el tramo de la canaleta que emitía luz. De pronto, la segunda canaleta pareció contagiarse y empezó a transmitir luz también. Primero de un lado, luego expandiéndose a todo lo largo del metal. Al final, ambas canaletas parecían un gran foco fluorescente puesto en el piso.

Luego de eso, nos echamos a descansar. Justo entonces, el mar se tranquilizó. Se calmó tanto, que pudimos ver el agua cristalina, ya no llena de arena, sino transparente. Logramos ver las rocas que estaban en el fondo del mar desde la playa y notamos que la bajada del piso era bastante empinada. Me dio vértigo.

De pronto escuché un sonido como de castañuelas y me sorprendí al ver que eran dos pirañas nadando en esa agua cristalina. Empecé a sentir temor por entrar, considerando peligroso el que fuera tan hondo el piso y el que hubiera animales carnívoros salvajes habitando en esas aguas.

Sencillamente me senté a mirar la playa con asombro, con un poco de miedo de resbalar en la arena húmeda y caer al mar. Miré a mi alrededor y vi que todos hacían más o menos lo mismo, algunos mientras dormían, otros mientras comían.

El día se puso gris, miré al cielo ya sin color ni sol y sentí un viento frío recorrer mi piel. Pensé que tal vez sería momento de regresar a casa. Entonces, me desperté.