martes, 12 de febrero de 2008

Roze atrapada

Imaginen una mansión con pisos y columnas de mármol, afuera jardines con bancos. Todo del tipo de una casa de campo de la época victoriana.
En un rincón de la casa se ve un pasadizo con paredes pintadas, sucias, con polvo, pero el pasadizo está escondido, casi no se nota.
Si se entra, hay a lo largo puertas de madera barata que dan a cuartos pequeños. En cada cuarto hay una persona semi echada que puede verse a través de la única ventana polvorienta de cada cuarto. En esos cuartos no hay luz, por lo que la persona que se encuentra en cada uno apenas se distingue entre las sombras.
Al final del pasadizo, en un peldaño de mármol está sentada una chica de unos 18 años, parece gitana por el color de su piel y su pelo. Dos mechones de pelo teñidos de rosado caen sobre su rostro. Tiene puesto un vestido victoriano blanco, morado y con algo de rosado. Creo que tenía pitas rojas. Sus manos y pies están atados con cintas rosadas, pero a ella parece no importarle. A decir verdad se le ve bastante tranquila, mirando todo a su alrededor como quien mira una pintura no muy impactante.
Derrepente entra un hombre al que sólo se le ve la espalda. Tiene en una mano un vaso lleno de sangre y en la otra el brazo de una persona y se acerca a la mujer del vestido por el pasillo. La mujer lo ve y su expresión se llena de terror, quiere gritar y no puede, el miedo la paraliza.
El hombre entonces se da cuenta de que en su conmoción, olvidó dejar el brazo de la persona mutilada en el cuarto donde la dejó, y lo deja caer al piso. Se acerca a la mujer con el vaso lleno de sangre y trata de obligarla a tomarla, es entonces que la mujer se da cuenta de que lo que le había estado dando a tomar todos los días que ella había estado cautiva, había sido la sangre de las personas a las que él asesinaba.
Mientras forcejeaban ella gritaba ¡No!¡No! Por favor, ¿POR QUÉ?
El vaso con sangre se cayó al suelo y él se alejó. Tenía la respiración agitada y la ropa toda ensangrentada y empezó a explicarse.
La historia de la humanidad tiene demasiados errores. Tantos que es necesario reescribirla, rehacerla, cambiar lo ocurrido por un plan mejor. Pero eso requiere de sacrificios: el precio para reescribir la historia es que una mujer inocente tome la sangre que diferentes personas hayan perdido debido a la pérdida de una extremidad.
Efectivamente, los cautivos de los cuartos que estaban a lo largo del pasillo eran reyes, políticos, personalidades que de alguna manera hubieran influenciado la historia. También había gente desconocida pero con virtudes humanas muy específicas: nobleza, respeto, honor, entre otros. Y toda esa gente estaba semi echada en el suelo de sus cuartos asignados, sangrando, agonizando.
El hombre empezó a reírse muy ruidosamente y mientras lo hacía perdía piel, músculos, nervios, hasta quedar reducido a huesos muy débiles. Su confesión había causado que el poder producido se vertiera sobre él de manera negativa, de forma que al final sólo quedó un esqueleto vivo, sin fuerza suficiente para levantarse, pero el hombre seguía riéndose.
La mujer estaba aterrorizada, el miedo la había paralizado y sólo podía mirar lo que pasaba. Se dió cuenta de que el cuello del esqueleto era la parte más débil del cuerpo y de alguna manera supo que si lo rompía, el hombre moriría y ella podría escapar.
Pero no podía moverse, quería pararse y no lograba enviar las señales a los músculos de sus piernas. Fue entonces que ella empezó a ser yo. Yo lo veía todo desde sus ojos y sentía su miedo y mi voluntad se convirtió en su voluntad y sentí el terror como ella lo sentía y supe que entonces quien no se podía mover a causa del miedo no era ella, sino yo.
Miré mis manos, amarradas con las cintas rosadas y traté de pararme y me caí de rodillas, no pude mantenerme en pie. Al lado del hombre, le tomé el cuello. Él seguía riéndose, y que cuando le puse las manos encima se rió aún más fuerte porque sabía que el miedo no me iba a dejar actuar.
Sentía su cuello tan delgado entre mis dedos y no podía ajustarlos, el miedo me tenía paralizada. Lo único que lograba que tal vez pudiera ajustar un poco mis manos eran las cintas rosadas, que mantenían mis manos juntas, ya que de lo contrario habrían caído al suelo, pesadas, inertes.
Pero yo estaba ahí, viendo cómo la calavera se reía y me sobrepuse pero de a pocos, ajustando de a pocos, rompiendo de a pocos, escuchando el crujido de los huesos que se separaban de a pocos, hasta que despues de unos 20 segundos que parecieron eternos, la cabeza estuvo separada del cuerpo y el hombre estuvo muerto.
Recién entonces me separé de la mujer y pude tranquilizarme y alejarme, viendo a la gente en los cuartos a través de las ventanas empolvadas, viendo al esqueleto y al brazo que dejó tirado, viendo a la mujer sentada en el escalón de mármol cada vez más lejos.
Mi respiración está agitada, al igual que mi pulso, mi adrenalina ha subido, siento los latidos de mi corazón. Entonces me despierto.

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