martes, 9 de septiembre de 2008

Camino al aeropuerto

Soñé que salía de algún sitio con Guillermo y con Diego. Ambos tenían cosas que meter en la maletera del carro: Guillermo tenía una maleta grande y negra, Diego tenía una lonchera grande y roja que (según mi sueño) siempre llevaba al trabajo. Diego se veía muy nervioso y muerto de roche, aunque eso es relativamente normal en él, creo yo. Guillermo se sentó en el lugar del copiloto y Diego se sentó atrás.
Creo que íbamos al aeropuerto o a la casa de Guillermo, pero por alguna razón teníamos que pasar primero por mi casa. El día estaba nublado, gris y, conforme avanzaba por la ruta a mi casa, el frío aumentaba. Para cuando llegamos a la Av. Surco, vimos que las calles estaban mojadas por la lluvia que había estado cayendo desde la madrugada. En los huecos de las pistas había incluso charcos de agua.
Aunque no fuera el principal motivo por el que estábamos ahí, le pedí a Guillermo que entrara para que conociera a mi gatita. Mientras él y Diego sacaban sus cosas de la maletera, yo entré a mi casa a asegurarme de que la sala estuviara presentable. Cuando abrí la puerta, el olor a pino me golpeó, vi el piso brillante y la sala impecable. Incluso los sonidos me decían que todo estaba tranquilo y en orden.
Salí y agarré a Guillermo de la muñeca mientras veía a Diego tratar de sacar su lonchera roja del asiento trasero sin que lo vieran. Llegamos a la puerta de mi casa y yo dije "¡Ay, qué lindo! Estoy emocionada porque vas a conocer a mi gatit..." la sorpresa interrumpió mi oración y la risa incómoda de Guillermo cuando abrí la puerta. Las sillas estaban regadas en la sala, el olor a cera húmeda penetraba mi nariz hasta el cerebro produciendo un dolor de cabeza punzante, el piso embadurnado de esa pasta naranja, los sillones sin cojines y atiborrados de los adornos que habían sacado de las mesitas de la sala y casi nada de espacio para pasar.
Evidentemente, Guillermo no podía pasar.
Sobre los muebles, que estaban unos sobre otros, vi a mi gata a uno o dos metro de mis brazos. Los estiré y la cargué. Después, Guillermo y yo entramos, pero no más de dos pasos. El desorden no nos dejaba avanzar más. De repente salió mi mamá en pijama. Se había amarrado el pelo en una cola hacia abajo y se notaba que no se había bañado todavía. Yo estaba tan sorprendida que no atiné a preguntar nada.
Después de eso sólo recuerdo a mi mamá diciendo algo así como que Guillermo podía regresar otro día. Estaba excepcionalmente cordial, mi mamá. Además, me sorprendió que se quedara conversando con Guillermo en pijama. Guillermo, por otro lado, se portó tan educado como nunca y le cayó de maravilla a mi mamá.
Me acuerdo de salir, regresar al carro, recuerdo que todo estaba soleado, que se notaba el verde de los jardines y que Diego estaba afuera del carro porque no sabía si seguirnos o quedarse afuera.

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