domingo, 28 de septiembre de 2008

Flores

Soñé que estaba en un lugar muy parecido al Club Germania y que me inclinaba al borde de una vereda para recoger flores de un arbusto. Recogí flores que no he visto nunca en mi vida, parecidas a las que publico junto a esta entrada.

Luego llegué a mi casa. Entré a mi cuarto y me senté en mi cama. Vi que mi mami estaba haciendo maletas en el hall del segundo piso. La veía apurada, asustada, angustiada. Como si estuviera huyendo de algo.


Mi hermana estaba en su cuarto, echada en su cama. Mi mami entró para abrigarla con frazadas negras y sábanas cremas, mi hermana le pidió que le llevara un peluche, mencionó el nombre pero no lo recuerdo. Mi hermana parecía enferma o al menos mi mamá la cuidaba como si lo estuviera. Mi mami salió del cuarto en dirección al cuarto de mi hermana. Regresó con el peluche que mi hermana le había pedido, creo que no podía dormir sin él. Mi mami estaba procurando que mi hermana durmiera lo más que pudiera antes de que nos fuéramos. Yo no entendía lo que pasaba.
Cuando mi hermana tuvo su peluche y se acurrucó para dormir, yo me desperté.

Pena de muerte en templo budista

Me habían sentenciado a muerte, no sé por qué. Tenía que entrar a un salón alfombrado (la alfombra era persa) donde me recibía mi ejecutor. Pero en su lugar, encontré a otro hombre. Lo reconocí de inmediato: esa persona había sido mi amante en vidas anteriores y se había parado ahí a esperarme. Me acerqué y nos besamos durante varios minutos.
Luego salí y empecé a hablar con diferentes personas que estaban relacionadas con el ejecutor o con los jueces de una u otra manera. Procuré convencerlas de que me ayudaran a evitar mi ejecución utilizando sus conexiones, pero no tuve mucho éxito.
Aparentemente lograron al menos darme un poco de tiempo porque pude cenar una última vez. Me senté en una mesa larga de madera donde también estaban sentadas varias personas de mi promoción. No habíamos terminado de comer cuando sonó una alarma que significaba que debíamos evacuar el edificio inmediatamente. Eso demoraría aun más mi sentencia.
Cuando regresé, busqué a mi ejecutor. Él, en vez de pedirme que me arrodillara para ejecutarme, me abrazó y me perdonó la vida. Al salir de la habitación, vi a un hombre en smoking sentado en una banca justo afuera. Era un viejo amigo mío que al verme se paró y me dio un papel mojado que tenía entre las manos. El documento parecía ser muy importante por la solemnidad con la que me lo dio. No dijo nada. Sólo entregó lo que tenía, dio media vuelta y se fue.
Desdoblé el papel. Tenía diferentes símbolos circunscritos en dos filas de cuadrados negros, algunos tenían formas de frutas de colores cítricos. Hubiera pensado que se trataba de los dibujos de las máquinas tragamonedas de los casinos de no haber sido por los números y letras griegas o latinas que estaban escritas abajo de cada cuadro en el que se hallaban las figuras. Prevalecían limones, naranjas y números siete de color rojo, pero también había otras figuras de colores verde y azul, aunque en menor cantidad.
Recordé entonces que era costumbre recibir ese documento antes de morir. Era algo así como una "carta astral", pero en ésta uno podía ver quién había sido en sus vidas anteriores y qué personas de las que conocía ahora lo habían acompañado en esas vidas. Según pude descifrar de esos símbolos, el hombre al que había besado efectivamente había sido mi amante en todas las vidas anteriores.
Doblé el papel nuevamente. Alcé la mirada y vi a mi amante, vestido de smoking, parado en el umbral de la puerta, esperando que le diera el alcance. Caminé sobre la alfombra persa roja en dirección hacia él y mientras me acercaba, me desperté.

viernes, 19 de septiembre de 2008

Museo-Teatro

Estaba entrando a una gran construcción que parecía un laberinto. Las paredes eran altísimas y tenían cuadros y vitrinas en casi todas. En los primeros salones no habían techos, pero conforme iba avanzando en la construcción, los cuartos iban cubriéndose con materiales cada vez más modernos. Primero cañas, luego madera, luego madera enchapada, muchos otros diferentes techos antes de llegar al cemento.
En el primer cuarto las paredes eran de piedra. Recuerdo una vitrina que estaba en la primera pared que uno veía nada más atravesando el portal que hacía de entrada. Adentro tenía escenas en miniatura de hombres de las cavernas cazando, sembrando, cocinando. Arriba había una gran piel de oso colgada en la pared.
Entendí que se trataba de un museo de historia en el que cada salón estaba decorado de acuerdo a la época histórica que representaba. Por ejemplo, la edad de piedra, evidentemente, tendría que estar construida de manera primitiva, y por eso no tenía techo. Estaba con un grupo de personas y de vez en cuando les explicaba algo que supiera sobre lo que veíamos en las vitrinas o en los cuadros.
Entramos a un salón grande que tenía una mesa en el centro. Era la sección de "Historia medieval". Me alegré porque conocía mucho sobre ese período de la historia y estaba ansiosa por comentar todo lo que sabía con las personas que me acompañaban. Llegué a decir varias cosas pero todos parecían estar ocupados en mirar hacia otro lado y no me prestaron mucha atención. Decidí que no importaba y preferí seguir de largo, sola, en vez de esperar a captar la atención de sus oídos.
Llegué a una habitación que parecía haber estado cerrada. Estaba llena de vitrinas que estaban llenas de alhajas, todas de plata y piedras preciosas. Collares, pulseras, aretes, todo en ese lugar hubiera brillado si la luz hubiera estado encendida. Justo entonces llegó Patty a prender la luz. Todo se iluminó, desde los fluorescentes de la sala hasta los foquitos de las vitrinas. Me gustó todo lo que vi, di una vuelta alrededor de la mesa de centro (que también era una vitrina) y salí.
Afuera había varios pasillos. El sitio ya parecía una construcción moderna y vi a mucha gente de Nueva Acrópolis moviéndose en todas direcciones. Llevaban sus polos verdes de voluntariado, creo que estaban ayudando a construir el museo. Saludé a algunos, ayudé a llevar algunos polos de aquí para allá y luego me volví a ir.
No sé cómo regresé al salón de historia medieval. Entonces me di cuenta de que tenía una puerta que daba a otro salón del mismo estilo. El segundo salón era aun más grande y vi a varias personas moviéndose adentro. Entonces vi a Giancarlo, vestido con ropa del siglo 17 (muy a lo Shakespeare), con papeles enrollados en la mano derecha, dirigiendo a las personas que caminaban agitadamente en el salón. Al fondo había un escenario sobre el que caía una larga cortina roja.
Giancarlo era el director de una obra de teatro que se montaría en ese escenario, se trataba de una obra de Shakespeare, precisamente.
Yo corrí hacia él y él me gritó "¡Kiarita!" y abrió los brazos con una sonrisa en los labios. Salté y con mis brazos alrededor de su cuello, él me abrazó también a mí y se dio una vuelta completa conmigo en brazos. Cuando me devolvió al piso me tomó de las manos y empezó a participarme los avances del montaje.
Le dije "Sí, he leído la obra, te juro que me pareció buenísima. O sea, mira acá..." yo tenía el libreto en mis manos, le señalé unos párrafos con el dedo índice para comentar algún verso que me había parecido especialmente genial. Recordé que me había tomado al menos unas tres horas para leer el libreto varias veces antes de llegar al museo. No sé cuál era la trama de la obra, pero me acordé que jugaba con el efecto "cajita china", es decir, contaba una historia dentro de otra historia (como en Moulin Rouge o Moon Palace).
Él me dijo "Bueno, yo no he tenido tiempo de leerla todavía, pero está quedando excelente." Cuando me dijo que no la había leído, mi atención se volcó sobre el ambiente y dejé de escucharlo, inconscientemente, claro. Le dije que le iba a ayudar a montar la obra, que incluso me sabía de memoria los diálogos. Él sería el personaje masculino principal, me pidió que hiciera de su contraparte femenina. Yo, encantada.
Pasé tras las bambalinas para ver quiénes se movían y vi a un montón de personas con atuendos Shakespirianos moviendo escaleras, telas, felpas y escenografías. Me choqué con un par de personas que caminaban atolondradas y apuradas, me acuerdo de una mujer que iba con un vestido amarillo y peluca blanca llevando una escalera de madera. Yo estaba en jeans y botas, un polo y mi pelo suelto. Me sentía un poco fuera de lugar. Atravesé el lugar con el libreto enrollado en mis manos. Me alejé caminando sobre el piso de madera del escenario y mientras caminaba hacia lo oscuro del fondo del salón, me desperté.

sábado, 13 de septiembre de 2008

¿Gabriela Mistral?

Estábamos en uno de esos barrios de calles anchas y cielos despejados. Mi hermana estaba más grande, tendría unos catorce años. Yo estaba con ella y con mi mamá, caminando.
Íbamos a una botica que quedaba cerca a la casa. Una vez dentro, mi mamá empezó a comprar diferentes artículos para bebé, como aceite, talco, crema. Todo era para Katherine, nuestra prima hermana. En el sueño era sólo una bebé y no recuerdo quién de nosotras tres la tenía cargada.
Una vendedora sacaba cada vez más cosas para enseñarle a mi mamá y en eso sacó un portabebé con coche, de color verde agua. Enseguida mi mamá hizo que pusiéramos a Katherine en él.
Una vez que tuvo todo, pidió que imprimieran la boleta. Todo, incluyendo el portabebé, costaba S/.110. El dinero le alcanzaba justo, pero le dio pena y compró el portabebé de todas formas.
Yo no quise que nos dieran bolsas de plástico, así que llevé todo cargado en las manos. Tenía que abrazar todos los envases de plástico juntos, pero por más fuerza que hiciera, ellos se caían por los lados. Mi mamá y Giannina (mi hermana) agarraban los envases que se me resbalaban antes de que se cayeran y terminaron llevando dos cada una. Yo llevé el resto.
Entonces recordé a una ancestra nuestra, creo que era mi bisabuela. Había sido una ilustre pedagoga de origen peruano que se había nacionalizado chilena para conseguir fondos del estado de aquél país. Se supone que ella había inventado el código Braille de lectura para ciegos, siendo ciega ella misma.
Nos dirigíamos hacia unas ruinas y llevábamos a Kathy con nosotras. Las ruinas parecían un colegio gigante de adobe y piedra y tenían un estilo azteca o chan-chan.
Subimos por una pendiente de piedra. Era tan empinada que terminé prácticamente echada sobre la piedra. Mi mami estaba más arriba y se había volteado para sentarse. Entonces decidimos parar un momento y empezamos a discutir. Mientras tanto, Kathy estaba en su coche a un lado de la pendiente. Giannina la estaba vigilando.
- Gabriela se fue a Chile porque no tenía trabajo aquí, así que no le importó este país.
- Yo creo que si tenía un ideal, entonces tenía que perseguirlo. Una vez que lo logró, lo trajo aquí. Eso demuestra que no su país no le era indiferente, al contrario.
- Claro, es que el Perú no invierte en educación y así pierde a sus educadores más valiosos, ¿te das cuenta, hija?
Las ruinas eran un museo de una nueva técnica pedagógica que se utilizó durante las últimas décadas, desde que fue creada por esta maestra que fue mi bisabuela. Recordé que había sido la mamá de mi abuelo paterno.
Para salir de donde estábamos teníamos que atravezar un pasillo. Precisamente cuando yo me acercaba, alguien salía, pero no pude distinguir si se trataba de un hombre o de una mujer. Lo primero que vino a mi mente fue que probablemente fuera la guía que debía mostrarnos el museo, pero una vez de cerca me di cuenta de que era mi ancestra, la maestra.
Recordé entonces un artículo de periódico antiguo que leí sobre ella. Su nombre era Gabriela.

martes, 9 de septiembre de 2008

Camino al aeropuerto

Soñé que salía de algún sitio con Guillermo y con Diego. Ambos tenían cosas que meter en la maletera del carro: Guillermo tenía una maleta grande y negra, Diego tenía una lonchera grande y roja que (según mi sueño) siempre llevaba al trabajo. Diego se veía muy nervioso y muerto de roche, aunque eso es relativamente normal en él, creo yo. Guillermo se sentó en el lugar del copiloto y Diego se sentó atrás.
Creo que íbamos al aeropuerto o a la casa de Guillermo, pero por alguna razón teníamos que pasar primero por mi casa. El día estaba nublado, gris y, conforme avanzaba por la ruta a mi casa, el frío aumentaba. Para cuando llegamos a la Av. Surco, vimos que las calles estaban mojadas por la lluvia que había estado cayendo desde la madrugada. En los huecos de las pistas había incluso charcos de agua.
Aunque no fuera el principal motivo por el que estábamos ahí, le pedí a Guillermo que entrara para que conociera a mi gatita. Mientras él y Diego sacaban sus cosas de la maletera, yo entré a mi casa a asegurarme de que la sala estuviara presentable. Cuando abrí la puerta, el olor a pino me golpeó, vi el piso brillante y la sala impecable. Incluso los sonidos me decían que todo estaba tranquilo y en orden.
Salí y agarré a Guillermo de la muñeca mientras veía a Diego tratar de sacar su lonchera roja del asiento trasero sin que lo vieran. Llegamos a la puerta de mi casa y yo dije "¡Ay, qué lindo! Estoy emocionada porque vas a conocer a mi gatit..." la sorpresa interrumpió mi oración y la risa incómoda de Guillermo cuando abrí la puerta. Las sillas estaban regadas en la sala, el olor a cera húmeda penetraba mi nariz hasta el cerebro produciendo un dolor de cabeza punzante, el piso embadurnado de esa pasta naranja, los sillones sin cojines y atiborrados de los adornos que habían sacado de las mesitas de la sala y casi nada de espacio para pasar.
Evidentemente, Guillermo no podía pasar.
Sobre los muebles, que estaban unos sobre otros, vi a mi gata a uno o dos metro de mis brazos. Los estiré y la cargué. Después, Guillermo y yo entramos, pero no más de dos pasos. El desorden no nos dejaba avanzar más. De repente salió mi mamá en pijama. Se había amarrado el pelo en una cola hacia abajo y se notaba que no se había bañado todavía. Yo estaba tan sorprendida que no atiné a preguntar nada.
Después de eso sólo recuerdo a mi mamá diciendo algo así como que Guillermo podía regresar otro día. Estaba excepcionalmente cordial, mi mamá. Además, me sorprendió que se quedara conversando con Guillermo en pijama. Guillermo, por otro lado, se portó tan educado como nunca y le cayó de maravilla a mi mamá.
Me acuerdo de salir, regresar al carro, recuerdo que todo estaba soleado, que se notaba el verde de los jardines y que Diego estaba afuera del carro porque no sabía si seguirnos o quedarse afuera.