martes, 15 de julio de 2008

Estipulado en mi contrato

Recuerdo que me sentía muy nerviosa. Estaba en el trabajo y tenía la sensación de que algo no andaba bien.

No sé cómo me entró la sospecha de que había una confabulación en mi contra. Un hombre vino a registrar mis cosas y comenzó a sacar mis papeles y mis apuntes. Era alguien de Siemens, de eso estoy segura. Cogió el libro que estoy leyendo, en un descuido se abrió y el separador de páginas se le cayó al suelo. En ese momento, queriendo ser graciosa le dije "¡waaaaeeey! ¡Ya me perdiste la página!" El tipo ni se inmutó, ni siquiera volteó a mirarme. Se agachó para recoger el separador y pensé que lo pondría en la primera o la última página del libro o en todo caso sobre la mesa porque no había forma de que supiese de qué página había caído. Pero en vez de suceder cualquiera de las opciones que yo había esperado, el tipo abrió el libro considerablemente antes de la página en la que estaba el separador y lo puso ahí. Recién entonces me miró de reojo, con la cara seria. Pensé que era un hombre muy raro comparado con los técnicos que vienen a instalar cualquier cosa; ellos siempre están dispuestos a conversar con una... Nunca me miraba, así que no podría describir su rostro. Recuerdo su espalda algo encorvada y su excesiva concentración al examinar mis cosas. Los papeles que tenía sobre mi escritorio, mi cartuchera, mis objetos personales escondidos en el desorden de mi escritorio.
De alguna manera, llegué a la conclusión de que estos podrían ser los preparativos de mi asesinato. Todos se comportaban de manera extraña ese día. Cuchicheaban a mis espaldas, me miraban de reojo y rehuían mi mirada. Dios mío, ¡me iban a matar!
Pensé que si no me habían asesinado hasta ese momento era porque esperaban a que se cumpliera algún plazo. De ser éste el caso, bastaba con renunciar antes de que el plazo se cumpliera para salir ilesa. Me acerqué al señor Garbín y le dije que quería presentar mi carta de renuncia. No me dejó. Mientras fingía estar ocupado y no estar interesado en mí, me decía que en mi contrato decía claramente que yo no podía renunciar hasta que se cumpliera mi tiempo de servicio. “Mi tiempo de servicio”… pensé, era el plazo que estaban esperando a que se cumpliera para matarme. Mientras trataba de no desmayarme oía constantemente la frase “pero eso, Kiara, está en tu contrato”. Y verdaderamente la debe haber repetido al menos unas seis o siete veces. No sé en qué estaba pensando cuando, por impulso, le conté de mis sospechas acerca de mi asesinato (¡qué torpe!). Me impresionó su respuesta: eso también estaba en tu contrato, Kiara.

Pero, ¿cómo? ¿Cómo me matarían? Pensé: puede ser que decidan asesinarme indirectamente, por envenenamiento. Podrían envenenar a) la comida; b) los dulces de la maquinita expendedora o c) el café. Casi inmediatamente descarté las tres opciones porque sería muy riesgoso en un lugar con tanta gente envenenar algo que podría tomar cualquiera por accidente.

De manera que restaba sólo la opción de que alguien viniera a asesinarme directamente. ¿Quién? La verdad es que se me aparecía como una medida injusta porque si en algún momento se llegaba a saber que mi muerte no había sido ni accidental ni por suicidio, alguien tendría que caer. Y suponiendo que esta trama involucraba una mafia significativamente grande, quien cayera debería caer solo, sin hundir a nadie ni delatar el complot.

Así que empecé a analizar personalidades para saber quién sería mi ejecutor. No podía ser alguien en un cargo alto, mientras menos operativo es el trabajo de una persona, menos prescindible es la persona; además, claro, las personas en puestos altos ya están demasiado involucradas con la mafia como para que ésta las dejara salir. Alguien suficientemente prescindible que, además, supiera comportarse como líder podría librarse de una tarea así simplemente moviendo las conexiones que estos individuos tienen con los altos mandos.

Concluí que buscaba a alguien callado, una mujer tal vez, sumiso, sometido a la presión de grupo, que no es capaz de contradecir una orden de su superior... Volteé y vi a una mujer a la que nunca había visto en mi vida pero que reconocí en el sueño. ¡Ella es! (pensé). Encajaba perfectamente en el perfil de mi asesino. En ése momento me dio mucha lástima que ella se fuera a ver obligada a asesinarme en contra de su voluntad. Es un poco irónica la idea de la "pobrecita chica que me tiene que matar".

No recuerdo su rostro, pero recuerdo a esta mujer delgada, alta, de pelo oscuro y ojos verde claro, vestida de negro con una blusa blanca y tal vez una corbata oscura. Tenía que alzar la mirada para verla en los ojos verde claro que hacían que su rostro se desvaneciera alrededor de sus cuencas. Me sonreía mientras le decía: "No te preocupes, voy a renunciar. Así no se cumple el plazo y no vas a tener que matarme." Lo dije con tanta seguridad que no me sorprendió ver el indicio de una sonrisa de agradecimiento en su rostro. Pero el gesto no se completó porque ella estaba rodeada de asistentes igualmente lindas (luego me di cuenta de que todas estaban vestidas igual) que al oír mis palabras empezaron a reírse burlonamente, como si hubiera dicho el mayor disparate de la historia, aunque se reían sin intención de hacerme sentir mal, más bien parecían querer reírse conmigo (como suelen hacerlo en la vida real). Mi asesina potencial se reía con algo de esfuerzo y cuando estaba yo por irme me miró de reojo como se mira a un cachorro cojo: con excesiva lástima.

Su expresión me hizo pensar que tal vez no habría forma de escapar, que no tenía sentido tratar de renunciar porque mi asesinato estaba planeado y yo ya no podría hacer nada al respecto. Por eso no me habían dejado salir de Siemens y por eso revisaban mis cosas. Todo parecía tan organizado que no debía haber manera de salir de esa trampa puesta ante mis ojos.

Decidí que era hora de hablar con alguien del asunto de mi asesinato como tal. Recordando a quien me enseñara tanto durante mi estadía en la división anterior, aparecí hablando con Luis Santa. Estábamos en algún lugar al aire libre, yo sentada en el peldaño de una escalera, viendo pasar a personas que no parecían de Siemens, y Luis estaba sentado delante de mí. No oía mi voz, pero sentía que mis labios se movían y que mis cuerdas vocales vibraban. Entonces asumí inconscientemente que le estaba contando lo que me había pasado en el día, también porque sentía que junto con mis palabras, salía de mí una angustia terrible, que hacía que me dieran muchas ganas de llorar. Ahora que lo pienso, es realmente extraño que en esos instantes no hubiera llorado, conociéndome. Lo último que le dije fue “… y ahora no sé qué hacer”. Él se mostraba siempre concentrado pero no reaccionaba ante nada, como una piedra en la que fue esculpido el rostro de un hombre pensativo, un rostro que no va a variar su gesto aunque le narremos los acontecimientos más caóticos o los más aberrantes de nuestra historia. Así permaneció Luis, asintiendo de vez en cuando con la cabeza hasta que dije eso: “… y ahora no sé qué hacer”.

Recién entonces él se incorporó y dijo – pero Kiariña, eso ya se sabe de hace tiempo…

- ¿Como?

- Sí, o sea, yo había escuchado los rumores, pero no quise creerlo. ¡Pero los rumores ya se oyen de hace meses!

¡Meses! Y yo, que estaba a punto de llorar, me contuve, o mejor dicho, me contuvo la (doble) sorpresa. ¿Cómo podía alguien en su sano juicio hablar de un asesinato próximo con tanta naturalidad? Y si se suponía que se trataba de un amigo, ¿cómo podía no mostrar la más mínima preocupación? Esas preguntas con respecto a Lucho invadieron mi mente en ese momento. Ahora se suman otras cavilaciones: él ni siquiera respondió a mi pregunta tácita: ¿qué puedo hacer? Se limitó a insinuar que debía resignarme a mi destino y aceptar mi inminente asesinato como algo intrascendente. Pero no fue sólo la actitud de Luis lo que me sorprendió, sino la información que me brindó: las noticias de mi asesinato se corrían desde hace ya meses. Eso comprobaba mi teoría de que todo había sido planificado con calma y con las precauciones del caso, lo cual hacía de mi asesinato algo potencialmente más difícil de evitar.

Ante estas reflexiones me desesperé y de repente me encontré llorando al lado de Alfonso. Exactamente igual que antes, me sentí contándole mis preocupaciones recientes. Lloraba con tanta desesperación que habían momentos en los que me faltaba la respiración. Sollozando, gritando, ponía mis manos sobre mi cara y sentía que él me abrazaba sin saber exactamente qué hacer o qué decir. Me acarició el pelo como suele hacerlo cuando está cerca de mí, sólo que ésta vez no lo hizo con una sonrisa en los labios sino diciendo "ya, Kiarita, cálmate..." con su voz suave. Permanecía serio, algo preocupado, pensé, empático. Sin embargo, además de ese "ya, Kiarita, cálmate..." no dijo nada más. Choclito (Óscar) estaba sentado a mi otro costado, serio, sin inmutarse por nada, callado, inmóvil, durante todo el tiempo que permanecí con Alfonso, que en realidad no fue mucho ahora que lo pienso.

En algún momento levanté la cara y con la mirada aún borrosa por las lágrimas pude distinguir a la chica que debía matarme, acompañada de otras asistentes de área que estaban todas vestidas igual: pantalón y saquito negro, blusa blanca, acaso zapatos de taco alto y tal vez una corbata negra. En el sueño, no me percaté de su ropa sino hasta este momento. El que me siguieran hasta ese lugar terminó de confirmar mis sospechas, así que instintivamente salí corriendo. Bajé las escaleras en las que me sentaba, pasé por su lado a un par de metros de distancia y doblé a la izquierda y luego no recuerdo como salí a un pasaje lleno de gente que no conozco, donde casi todos caminaban en dirección opuesta a la mía. De repente, de alguna tienda o algún pasaje transversal salió mi mamá que parecía algo sorprendida de verme. Me dió la mano y me ofreció llevarme a un parque de diversiones que yo conocía. Me pareció una buena idea y, sin apuro alguno ni angustia de persecusión, caminamos hacia el sitio.

Antes de llegar maquiné que sería una buena idea ir a un lugar en donde hubiera mucha gente y muchos lugares donde esconderse y donde pasar desapercibida. Llegamos y luego de hacer una cola para entrar me dirigí hacia la zona más tupida del parque. En esa zona fue que, como en cámara lenta, vi pasar a una uniformada, sin reconocer quién era. Corrí en dirección opuesta para ver pasar entre las personas a otra más. Cada vez que corría hacia algún lugar veía o sentía la presencia de alguna de ellas y mi angustia crecía junto con la sensación de encierro y junto con la desesperación.
Finalmente, cuando trataba de reconocer a las malditas entre los cientos de gentes que caminaban en el local, cuando la idea de estar rodeada y sin salida como una rata inmunda me desesperaba insoportablemente, cuando consideraba la posibilidad de entregarme para terminar de una vez con la tortura psicológica, la guerra que significaba continuar huyendo, justo entonces, desperté.

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