Estaba mirando un estanque muy de cerca. Estaba tan cerca que el sapito que estaba parado sobre una hoja me parecía del tamaño de un melocotón, cuando en realidad podría haber cabido en la palma de mi mano. Era un sapito verde oscuro, realmente pequeño, de tres dedos de alto.
Un pez del doble de su tamaño estaba contándome la historia del sapito que se comió a los dos peces que vivían en el estanque. Yo estaba asombrada con el hecho de que un sapito de ese tamaño se pudiera comer a dos peces del tamaño de su buche. Me imaginé que se tendrían que desintegrar en su estómago. El pez grande me contaba que nadie creyó que se pudiera comer al segundo después de que se comió al primer pez, pero lo hizo. Mientras él me contaba la historia, yo veía cómo su relato se reproducía frente a mí como si, en vez de narrármela, estuviera describiendo lo que ambos veíamos. El pez estaba echado sobre una hoja de loto.
Yo no me extrañaba para nada por que el pez que me hablaba ni siquiera estuviera en el agua ni por que el sapo pudiera tragar animales enteros como si fuera una serpiente.
La historia continuó con que el sapo finalmente quiso comerse al pez más grande, el que hablaba. Pero yo no podía permitir que un animal tan especial desapareciera.
Agarré un palito y separé las hojas en las que estaban sentados el pez y el sapito. El sapito se cayó al agua y no podía ver mucho por las algas. Eso lo sé porque cuando se cayó yo empecé a verlo todo desde la perspectiva de él, nublada y borrosa.
En ese momento me pareció oír a una mujer discutir con su madre y entonces me desperté.
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