Hay un chico muy lindo donde trabajo, se llama Giancarlo. No sólo es lindo porque tiene un rostro risueño, sino porque es amable y caballeroso a pesar de ser muy ingenioso y gracioso. Puede burlarse y ser sarcástico sin dejar de ser respetuoso con los demás, tiene un carisma que funciona como un imán de personas y su mentalidad bastante abierta y tolerante lo hace una persona con quien siempre vale la pena tener una conversación.
Anoche soñé con él. Lo acompañaba a su casa porque tenía que cambiarse para ir a otro lugar. O creo que después teníamos que separarnos, no lo recuerdo. El sueño es muy simple: él entra a su cuarto y sale muy bien vestido, de camisa blanca y corbata naranja y terno negro. Le hice un cumplido por su ropa y él se sonrió y creo que hasta se sonrojó un poco. En algún momento se volvió a cambiar, cuando lo vi llevaba una camisa verde oscuro y creo que ya no tenía corbata.
Estábamos riéndonos mucho en el camino por los chistes que él hacía. Llegamos a una esquina y con nosotros, el momento de despedirnos. "Nos vemos." "Chau." Cuando me acerqué a darle un beso, los extremos de nuestros labios chocaron, pasaron uno, dos, tres segundos, yo no sabía qué hacer, no sabía cómo reaccionar, ¿qué hago? ¿qué hago?, pensaba y pensaba y sentía latir mi corazón más rápido y más lento a la vez, más intensamente, sentí que estuve quieta una eternidad, pero sólo fueron segundos.
De repente sentí su lengua acariciando mis labios, tratando de tocar la mía. Mi primera reacción fue perderme pero casi por reflejos me alejé, no muy bruscamente, pero sorprendida. Casi sin pensar, me relamí los labios, mirándolo fijamente a los ojos. Cuando vi su cara de extrañeza me di cuenta de lo que estaba haciendo. Sentí tanta vergüenza que miré al piso y seguí caminando. Él caminaba a mi lado. No habíamos dado cuatro pasos cuando sentí que me tomó de la mano. Entrelacé mis dedos con los suyos y mientras caminaba así, junto a él, me desperté.
sábado, 28 de junio de 2008
domingo, 22 de junio de 2008
El sapito verde... (8)
Estaba mirando un estanque muy de cerca. Estaba tan cerca que el sapito que estaba parado sobre una hoja me parecía del tamaño de un melocotón, cuando en realidad podría haber cabido en la palma de mi mano. Era un sapito verde oscuro, realmente pequeño, de tres dedos de alto.
Un pez del doble de su tamaño estaba contándome la historia del sapito que se comió a los dos peces que vivían en el estanque. Yo estaba asombrada con el hecho de que un sapito de ese tamaño se pudiera comer a dos peces del tamaño de su buche. Me imaginé que se tendrían que desintegrar en su estómago. El pez grande me contaba que nadie creyó que se pudiera comer al segundo después de que se comió al primer pez, pero lo hizo. Mientras él me contaba la historia, yo veía cómo su relato se reproducía frente a mí como si, en vez de narrármela, estuviera describiendo lo que ambos veíamos. El pez estaba echado sobre una hoja de loto.
Yo no me extrañaba para nada por que el pez que me hablaba ni siquiera estuviera en el agua ni por que el sapo pudiera tragar animales enteros como si fuera una serpiente.
La historia continuó con que el sapo finalmente quiso comerse al pez más grande, el que hablaba. Pero yo no podía permitir que un animal tan especial desapareciera.
Agarré un palito y separé las hojas en las que estaban sentados el pez y el sapito. El sapito se cayó al agua y no podía ver mucho por las algas. Eso lo sé porque cuando se cayó yo empecé a verlo todo desde la perspectiva de él, nublada y borrosa.
En ese momento me pareció oír a una mujer discutir con su madre y entonces me desperté.
Un pez del doble de su tamaño estaba contándome la historia del sapito que se comió a los dos peces que vivían en el estanque. Yo estaba asombrada con el hecho de que un sapito de ese tamaño se pudiera comer a dos peces del tamaño de su buche. Me imaginé que se tendrían que desintegrar en su estómago. El pez grande me contaba que nadie creyó que se pudiera comer al segundo después de que se comió al primer pez, pero lo hizo. Mientras él me contaba la historia, yo veía cómo su relato se reproducía frente a mí como si, en vez de narrármela, estuviera describiendo lo que ambos veíamos. El pez estaba echado sobre una hoja de loto.
Yo no me extrañaba para nada por que el pez que me hablaba ni siquiera estuviera en el agua ni por que el sapo pudiera tragar animales enteros como si fuera una serpiente.
La historia continuó con que el sapo finalmente quiso comerse al pez más grande, el que hablaba. Pero yo no podía permitir que un animal tan especial desapareciera.
Agarré un palito y separé las hojas en las que estaban sentados el pez y el sapito. El sapito se cayó al agua y no podía ver mucho por las algas. Eso lo sé porque cuando se cayó yo empecé a verlo todo desde la perspectiva de él, nublada y borrosa.
En ese momento me pareció oír a una mujer discutir con su madre y entonces me desperté.
jueves, 19 de junio de 2008
Vargas Llosa
Soñé que conocí a Mario Vargas Llosa, el escritor.
Fueron básicamente tres escenas.
1) Yo le abría la reja de mi casa para entrar junto con él. Le pregunté por Varguitas y por la tía Julia y quería hablar sobre lo que significaba la determinación. Trataba de no resultar impertinente hablando sobre "libertad literaria" y mencionando que sí sabía que él no era Varguitas entre otras tantas cosas.
2) De pronto, él agarra la tela del vestido que tenía puesto diciendo que era un vestido muy lindo y una tela muy fina. Yo estaba avergonzadísima pero atiné a decir que me lo había hecho mi abuelita. No estaba mintiendo, pero ese vestido de hecho se parecía al que usé durante la ceremonia de graduación del Abitur.
3) Vargas Llosa y yo estábamos dentro del auto de mi vecina y la reja estaba abierta, todo listo para que nos fuéramos. No recuerdo quién manejaba, pero me parece que era él.
Fueron básicamente tres escenas.
1) Yo le abría la reja de mi casa para entrar junto con él. Le pregunté por Varguitas y por la tía Julia y quería hablar sobre lo que significaba la determinación. Trataba de no resultar impertinente hablando sobre "libertad literaria" y mencionando que sí sabía que él no era Varguitas entre otras tantas cosas.
2) De pronto, él agarra la tela del vestido que tenía puesto diciendo que era un vestido muy lindo y una tela muy fina. Yo estaba avergonzadísima pero atiné a decir que me lo había hecho mi abuelita. No estaba mintiendo, pero ese vestido de hecho se parecía al que usé durante la ceremonia de graduación del Abitur.
3) Vargas Llosa y yo estábamos dentro del auto de mi vecina y la reja estaba abierta, todo listo para que nos fuéramos. No recuerdo quién manejaba, pero me parece que era él.
Conversación espontánea
Herr Remold y yo hablábamos de la libertad en el medio de un patio redondo. Sólo había un pasaje de entrada y salida a ese patio. El piso tenía piedras niveladas. El cielo se veía limpio y celeste como nunca.
Discutíamos sobre el libre albedrío y el destino. Nos habíamos alejado del resto del grupo con el que habíamos ido a ese lugar, no sé si eso fue a propósito por acuerdo tácito o no... Probablemente sí. El punto es que nos separamos de los demás porque queríamos hablar de algo que los demás no entenderían.
Me acuerdo de que el lugar en el que estábamos se parece mucho al complejo del ejército, pero más desierto y con muchísimas lunas-espejo polarizadas. Hay una escena en la que íbamos todos casi en una fila encabezada por el profesor; el reflejo de todos se movía a nuestro lado en las lunas polarizadas. Parece que habíamos ido ahí para una visita del colegio o algo así. Reconocí a varias personas de mi promoción del colegio: Nachi, Yosi, Francesco, alguna otra persona.
Mientras hablaba con el Herr, los demás nos espiaban desde adentro de un edificio al que me parece que habíamos entrado antes. Estaban en una iglesia muy parecida a la capilla del Hospital Militar.
Discutíamos sobre el libre albedrío y el destino. Nos habíamos alejado del resto del grupo con el que habíamos ido a ese lugar, no sé si eso fue a propósito por acuerdo tácito o no... Probablemente sí. El punto es que nos separamos de los demás porque queríamos hablar de algo que los demás no entenderían.
Me acuerdo de que el lugar en el que estábamos se parece mucho al complejo del ejército, pero más desierto y con muchísimas lunas-espejo polarizadas. Hay una escena en la que íbamos todos casi en una fila encabezada por el profesor; el reflejo de todos se movía a nuestro lado en las lunas polarizadas. Parece que habíamos ido ahí para una visita del colegio o algo así. Reconocí a varias personas de mi promoción del colegio: Nachi, Yosi, Francesco, alguna otra persona.
Mientras hablaba con el Herr, los demás nos espiaban desde adentro de un edificio al que me parece que habíamos entrado antes. Estaban en una iglesia muy parecida a la capilla del Hospital Militar.
miércoles, 18 de junio de 2008
Tres personajes
Mis papás permitieron que una amiga se quedara a dormir en mi casa durante una semana. Ellos, a su vez, invitaron a una señora alta, de pelo negro y corto, de cuerpo esbelto, gusto fino por la ropa y el maquillaje (uñas y boca pintadas de rojo), varias arrugas, facciones refinadas y mirada de mala.
Explorando la casa junto con mi amiga, descubrimos un portal que daba a un jardín lleno de vida: había pequeñas colinas, flores de todos los colores, arcoiris, gotas de rocío que parecían escarcha, un cielo celeste y limpio, arroyuelos de agua cristalina y un clima agradable.
Al regresar a la casa, el día que descubrimos ese jardín, estuvimos solas después de mucho tiempo. De repente me dio la impresión de que ella hubiera cambiado de forma: parecía tener menos cabello, se veía más bajita, más chiquita y su cara aparentaba menos edad de la que tenía. La miré tan anonadada que no me di cuenta del tiempo que permanecí mirándola. Cuando volví en mí, la besé. Ella no opuso resistencia.
Los días pasaron igual que ése. Nos divertíamos tanto en ese jardín. Había lugares que hacían las veces de juegos mecánicos gigantes, pero que habían crecido naturalmente en ese lugar. El portal parecía una cúpula de vidrio del tamaño de una persona y brillaba cada vez que entrábamos o salíamos.
Un día, la invitada de mis papás entró a buscarnos al jardín. Sólo asomó la cabeza; no entró con todo su cuerpo. Me sorprendió que supiera del portal pero supuse que tarde o temprano lo encontraría y no me preocupé más por el asunto. Mi amiga y yo nos escondimos un poco de ella porque no queríamos que notara que caminábamos tomadas de la mano. Ella nos dijo que era hora de regresar y mi amiga y yo nos dirijimos a la puerta.
Mi amiga se fue primero. Antes de que pudiera pasar, la señora se interpuso en mi camino y me empezó a hablar. No me acuerdo exactamente de qué me dijo, pero sé que me hizo sentir muy mal y que en ese momento pensé que quería hacerme daño o que se sentía amenazada por mí de alguna manera.
Una vez fuera, busqué a mi amiga de nuevo y nos fuimos a mi cuarto. Cuando la estaba besando, su cara volvió a cambiar, pero esta vez no cambió a su forma original ni a otra que no conociera: era la invitada de mis papás. Yo me alejé bruscamente porque me asusté. Entonces la señora se rió y me reveló que ella, mi amiga y la niña a la que yo besaba eran todas la misma persona. Ella podía cambiar a su gusto cuando quisiera y sólo se había disfrazado para llegar a ese jardín de colores, ya que me necesitaba para entrar.
Mientras yo, horrorizada y angustiada, la escuchaba burlarse de que no me hubiera dado cuenta antes de que se trataba de la misma persona, me iba despertando poco a poco.
Explorando la casa junto con mi amiga, descubrimos un portal que daba a un jardín lleno de vida: había pequeñas colinas, flores de todos los colores, arcoiris, gotas de rocío que parecían escarcha, un cielo celeste y limpio, arroyuelos de agua cristalina y un clima agradable.
Al regresar a la casa, el día que descubrimos ese jardín, estuvimos solas después de mucho tiempo. De repente me dio la impresión de que ella hubiera cambiado de forma: parecía tener menos cabello, se veía más bajita, más chiquita y su cara aparentaba menos edad de la que tenía. La miré tan anonadada que no me di cuenta del tiempo que permanecí mirándola. Cuando volví en mí, la besé. Ella no opuso resistencia.
Los días pasaron igual que ése. Nos divertíamos tanto en ese jardín. Había lugares que hacían las veces de juegos mecánicos gigantes, pero que habían crecido naturalmente en ese lugar. El portal parecía una cúpula de vidrio del tamaño de una persona y brillaba cada vez que entrábamos o salíamos.
Un día, la invitada de mis papás entró a buscarnos al jardín. Sólo asomó la cabeza; no entró con todo su cuerpo. Me sorprendió que supiera del portal pero supuse que tarde o temprano lo encontraría y no me preocupé más por el asunto. Mi amiga y yo nos escondimos un poco de ella porque no queríamos que notara que caminábamos tomadas de la mano. Ella nos dijo que era hora de regresar y mi amiga y yo nos dirijimos a la puerta.
Mi amiga se fue primero. Antes de que pudiera pasar, la señora se interpuso en mi camino y me empezó a hablar. No me acuerdo exactamente de qué me dijo, pero sé que me hizo sentir muy mal y que en ese momento pensé que quería hacerme daño o que se sentía amenazada por mí de alguna manera.
Una vez fuera, busqué a mi amiga de nuevo y nos fuimos a mi cuarto. Cuando la estaba besando, su cara volvió a cambiar, pero esta vez no cambió a su forma original ni a otra que no conociera: era la invitada de mis papás. Yo me alejé bruscamente porque me asusté. Entonces la señora se rió y me reveló que ella, mi amiga y la niña a la que yo besaba eran todas la misma persona. Ella podía cambiar a su gusto cuando quisiera y sólo se había disfrazado para llegar a ese jardín de colores, ya que me necesitaba para entrar.
Mientras yo, horrorizada y angustiada, la escuchaba burlarse de que no me hubiera dado cuenta antes de que se trataba de la misma persona, me iba despertando poco a poco.
martes, 17 de junio de 2008
Tu voz y mi canción
Era de noche y estaba en algún lugar bien iluminado de la ciudad de Lima junto con algunas personas de mi actual clase del BBZ. Un evento acababa de terminar y ya era hora de irnos a nuestras casas.
Uno de los chicos, Gabriel, me ofreció jalarme hasta mi casa porque me dijo que vivíamos cerca. Eso me sorprendió, primero, porque no sabía que su casa quedaba cerca de la mía y, segundo, porque no me imaginé que tal acto de caballerosidad y consideración para conmigo pudiera venir de él.
Resultó que el chico tenía un auto (lo cual no es cierto en la vida real, al menos hasta donde yo sé) y me subí al asiento del copiloto. Prendí el radio y la emisora pasaba canciones de rock en inglés (Planeta, 107.7).
No sé de qué estuvimos hablando, pero recuerdo que él se reía y yo me perdía en su sonrisa. Me quedaba miándolo sin entender cómo alguien de rasgos tan incoherentes podía resultar tan atractivo en conjunto. Además era una persona que en general resultaba desagradable.
La hilación de mis pensamientos se cortó cuando pasaron una canción que me gusta muchísimo. Para entonces habíamos dejado de hablar y yo sólo miraba las luces de los faros pasar a ambos lados del auto. Empecé a cantar y Gabriel me miró, sorprendido.
Yo había dejado de pensar en dónde estaba y sólo sentía mi voz salir de mi garganta. Disfruté mucho ese momento hasta que me di cuenta de que era un poco inapropiado. Antes de que me detuviera, Gabriel me preguntó:
- ¿Te gusta cantar?
- Ejem, sí. ¿Por qué?
- No, por nada, cantas chévere. - Hizo un gesto que hace cada vez que quiere dar a entender que algo coincide medianamente con sus gustos, que es de bueno pero no demasiado. - Oye, ¿no quieres cantar en mi grupo?
- ¿Qué? ¿Cómo así?
- Es que hay una canción que estaba escribiendo y tu voz es justo como para esa canción. Como que es justo lo que necesitaba.
- Ah, sí. Normal. Si quieren.
Después de eso seguimos el camino sin hablar, con la radio apagada, mirando pasar las luces de la calle. Creo que manejó durante toda la noche porque cuando llegamos a un lugar que yo pude reconocer ya era de día. Faltaban unas 5 ó 6 cuadras para llegar a mi casa y Gabriel sobreparó al lado de una vereda.
- Listo, acá te dejo.
- Ok. Gracias.
La verdad es que me sorprendió que habiendo conducido tanto tiempo, me dejara a 5 cuadras de mi casa. Pero luego, pensándolo mejor, asumí que era algo bastante obvio que Gabriel, en algún momento, dejaría la caballerosidad de lado. Las palabras Gabriel y caballerosidad sólo podían entrar en la misma oración si al medio decía "carece de" - al menos eso pensaba.
Me bajé, algo emocionada por la posibilidad de cantar frente a un público, y empecé a caminar hacia mi casa con una mochila que no pesaba casi nada en la espalda.
Entonces me desperté.
Uno de los chicos, Gabriel, me ofreció jalarme hasta mi casa porque me dijo que vivíamos cerca. Eso me sorprendió, primero, porque no sabía que su casa quedaba cerca de la mía y, segundo, porque no me imaginé que tal acto de caballerosidad y consideración para conmigo pudiera venir de él.
Resultó que el chico tenía un auto (lo cual no es cierto en la vida real, al menos hasta donde yo sé) y me subí al asiento del copiloto. Prendí el radio y la emisora pasaba canciones de rock en inglés (Planeta, 107.7).
No sé de qué estuvimos hablando, pero recuerdo que él se reía y yo me perdía en su sonrisa. Me quedaba miándolo sin entender cómo alguien de rasgos tan incoherentes podía resultar tan atractivo en conjunto. Además era una persona que en general resultaba desagradable.
La hilación de mis pensamientos se cortó cuando pasaron una canción que me gusta muchísimo. Para entonces habíamos dejado de hablar y yo sólo miraba las luces de los faros pasar a ambos lados del auto. Empecé a cantar y Gabriel me miró, sorprendido.
Yo había dejado de pensar en dónde estaba y sólo sentía mi voz salir de mi garganta. Disfruté mucho ese momento hasta que me di cuenta de que era un poco inapropiado. Antes de que me detuviera, Gabriel me preguntó:
- ¿Te gusta cantar?
- Ejem, sí. ¿Por qué?
- No, por nada, cantas chévere. - Hizo un gesto que hace cada vez que quiere dar a entender que algo coincide medianamente con sus gustos, que es de bueno pero no demasiado. - Oye, ¿no quieres cantar en mi grupo?
- ¿Qué? ¿Cómo así?
- Es que hay una canción que estaba escribiendo y tu voz es justo como para esa canción. Como que es justo lo que necesitaba.
- Ah, sí. Normal. Si quieren.
Después de eso seguimos el camino sin hablar, con la radio apagada, mirando pasar las luces de la calle. Creo que manejó durante toda la noche porque cuando llegamos a un lugar que yo pude reconocer ya era de día. Faltaban unas 5 ó 6 cuadras para llegar a mi casa y Gabriel sobreparó al lado de una vereda.
- Listo, acá te dejo.
- Ok. Gracias.
La verdad es que me sorprendió que habiendo conducido tanto tiempo, me dejara a 5 cuadras de mi casa. Pero luego, pensándolo mejor, asumí que era algo bastante obvio que Gabriel, en algún momento, dejaría la caballerosidad de lado. Las palabras Gabriel y caballerosidad sólo podían entrar en la misma oración si al medio decía "carece de" - al menos eso pensaba.
Me bajé, algo emocionada por la posibilidad de cantar frente a un público, y empecé a caminar hacia mi casa con una mochila que no pesaba casi nada en la espalda.
Entonces me desperté.
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