martes, 17 de junio de 2008

Tu voz y mi canción

Era de noche y estaba en algún lugar bien iluminado de la ciudad de Lima junto con algunas personas de mi actual clase del BBZ. Un evento acababa de terminar y ya era hora de irnos a nuestras casas.
Uno de los chicos, Gabriel, me ofreció jalarme hasta mi casa porque me dijo que vivíamos cerca. Eso me sorprendió, primero, porque no sabía que su casa quedaba cerca de la mía y, segundo, porque no me imaginé que tal acto de caballerosidad y consideración para conmigo pudiera venir de él.
Resultó que el chico tenía un auto (lo cual no es cierto en la vida real, al menos hasta donde yo sé) y me subí al asiento del copiloto. Prendí el radio y la emisora pasaba canciones de rock en inglés (Planeta, 107.7).
No sé de qué estuvimos hablando, pero recuerdo que él se reía y yo me perdía en su sonrisa. Me quedaba miándolo sin entender cómo alguien de rasgos tan incoherentes podía resultar tan atractivo en conjunto. Además era una persona que en general resultaba desagradable.
La hilación de mis pensamientos se cortó cuando pasaron una canción que me gusta muchísimo. Para entonces habíamos dejado de hablar y yo sólo miraba las luces de los faros pasar a ambos lados del auto. Empecé a cantar y Gabriel me miró, sorprendido.
Yo había dejado de pensar en dónde estaba y sólo sentía mi voz salir de mi garganta. Disfruté mucho ese momento hasta que me di cuenta de que era un poco inapropiado. Antes de que me detuviera, Gabriel me preguntó:
- ¿Te gusta cantar?
- Ejem, sí. ¿Por qué?
- No, por nada, cantas chévere. - Hizo un gesto que hace cada vez que quiere dar a entender que algo coincide medianamente con sus gustos, que es de bueno pero no demasiado. - Oye, ¿no quieres cantar en mi grupo?
- ¿Qué? ¿Cómo así?
- Es que hay una canción que estaba escribiendo y tu voz es justo como para esa canción. Como que es justo lo que necesitaba.
- Ah, sí. Normal. Si quieren.
Después de eso seguimos el camino sin hablar, con la radio apagada, mirando pasar las luces de la calle. Creo que manejó durante toda la noche porque cuando llegamos a un lugar que yo pude reconocer ya era de día. Faltaban unas 5 ó 6 cuadras para llegar a mi casa y Gabriel sobreparó al lado de una vereda.
- Listo, acá te dejo.
- Ok. Gracias.
La verdad es que me sorprendió que habiendo conducido tanto tiempo, me dejara a 5 cuadras de mi casa. Pero luego, pensándolo mejor, asumí que era algo bastante obvio que Gabriel, en algún momento, dejaría la caballerosidad de lado. Las palabras Gabriel y caballerosidad sólo podían entrar en la misma oración si al medio decía "carece de" - al menos eso pensaba.
Me bajé, algo emocionada por la posibilidad de cantar frente a un público, y empecé a caminar hacia mi casa con una mochila que no pesaba casi nada en la espalda.
Entonces me desperté.

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