Estaba en el baño de mi casa, a la izquierda del lavatorio hay una ventana de unos 40 cm de ancho. Había entrado tan rápido a lavarme las manos que ni siquiera había prendido la luz. Entonces escuché un sonido muy bajo al lado de mi oreja, como si un objeto de plástico muy pequeño se cayera. Volteé a mirar y vi una maquinita azul de afeitar en el alféizar de la ventana, justo cuando la iba a coger se cayó hacia afuera, entonces me puse sobre las puntas de mis pies para mirar a dónde se había caído y todo lo que alcancé a ver fue la silueta de una persona, un hombre, parado abajo del balcón, mirando hacia arriba.
Vi que lanzó algo amarrado a una pita y la misma maquinita apareció en la ventana, esta vez tuve tiempo suficiente para darme cuenta de que estaba amarrada a una pita negra. En ese momento pensé que si el tipo lograba que esa maquinita se enganchara al marco de plástico de la ventana, podría subir con facilidad y entrar a la casa por el balcón que daba al lado del baño.
Mi primera reacción fue correr y cerrar la puerta del balcón, pero el hombre no desistía y seguía lanzando la maquinita tratando de subir.
Yo miraba el aparatito cada vez que entraba por la ventana y volvía a salir envuelta en pánico, no podría moverme, no podía hablar, no podía siquiera gritar para pedir ayuda, no atinaba a nada.
Junté toda mi voluntad para tratar de agarrar la maquinita pero mis dedos eran como de goma y pude sostenerla bien, todo lo que logré fue que se enganchara en la parte de atrás de mi mano.
Pensé que al menos sería algo bueno, pero cambié de parecer cuando sentí un tirón, luego otro, y luego presión sobre mi mano. El hombre que estaba afuera había empezado a subir por la pared asiéndose de la maquinita enganchada a mi mano que había empezado a sangrar un poco.
Pero el peso del hombre era cada vez mayor y mayor y la herida se hacía poco a poco más profunda. Y yo sólo miraba, porque el terror de la herida, de cómo me la había hecho y de la idea de un extraño irrumpiendo en mi casa sabe Dios para qué me tenían petrificada, sin moverme, mirando como mi mano sangraba más y más.
No recuerdo quién fue, pero alguien subió las escaleras y vio la puerta del balcón cerrada y mi silueta en el baño a oscuras, con la mano derecha levantada a la altura de la ventana y un charquito de sangre a mis pies, mi cara iluminada por la luz de la lámpara del hall. Recién entonces pude atinar a decir en voz alta "¡Llama a alguien!" y con la respiración agitada cogí la máquina entre mis dedos con muchísima fuerza y traté de jalarla. Pero toda mi desesperación no bastaba y todo lo que lograba era hacer la herida más profunda y sangrar más. Cuando finalmente pude controlar mi fuerza y ejecutarla contra la fuerza del peso del hombre que seguía subiendo la máquina se movió hacia afuera. Sentí cómo se despegaba de mi carne poco a poco, cómo el metal iba dejando mi piel, pero no podía retirarla del todo porque no era lo suficientemente fuerte.
Justo cuando estaba por lograrlo, por retirar la máquina y soltarla para que el hombre cayera al piso, justo entre ese momento y el momento en que empezaba a ver su mano asomándose por la ventana, justo entonces, me desperté.
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