domingo, 28 de septiembre de 2008

Pena de muerte en templo budista

Me habían sentenciado a muerte, no sé por qué. Tenía que entrar a un salón alfombrado (la alfombra era persa) donde me recibía mi ejecutor. Pero en su lugar, encontré a otro hombre. Lo reconocí de inmediato: esa persona había sido mi amante en vidas anteriores y se había parado ahí a esperarme. Me acerqué y nos besamos durante varios minutos.
Luego salí y empecé a hablar con diferentes personas que estaban relacionadas con el ejecutor o con los jueces de una u otra manera. Procuré convencerlas de que me ayudaran a evitar mi ejecución utilizando sus conexiones, pero no tuve mucho éxito.
Aparentemente lograron al menos darme un poco de tiempo porque pude cenar una última vez. Me senté en una mesa larga de madera donde también estaban sentadas varias personas de mi promoción. No habíamos terminado de comer cuando sonó una alarma que significaba que debíamos evacuar el edificio inmediatamente. Eso demoraría aun más mi sentencia.
Cuando regresé, busqué a mi ejecutor. Él, en vez de pedirme que me arrodillara para ejecutarme, me abrazó y me perdonó la vida. Al salir de la habitación, vi a un hombre en smoking sentado en una banca justo afuera. Era un viejo amigo mío que al verme se paró y me dio un papel mojado que tenía entre las manos. El documento parecía ser muy importante por la solemnidad con la que me lo dio. No dijo nada. Sólo entregó lo que tenía, dio media vuelta y se fue.
Desdoblé el papel. Tenía diferentes símbolos circunscritos en dos filas de cuadrados negros, algunos tenían formas de frutas de colores cítricos. Hubiera pensado que se trataba de los dibujos de las máquinas tragamonedas de los casinos de no haber sido por los números y letras griegas o latinas que estaban escritas abajo de cada cuadro en el que se hallaban las figuras. Prevalecían limones, naranjas y números siete de color rojo, pero también había otras figuras de colores verde y azul, aunque en menor cantidad.
Recordé entonces que era costumbre recibir ese documento antes de morir. Era algo así como una "carta astral", pero en ésta uno podía ver quién había sido en sus vidas anteriores y qué personas de las que conocía ahora lo habían acompañado en esas vidas. Según pude descifrar de esos símbolos, el hombre al que había besado efectivamente había sido mi amante en todas las vidas anteriores.
Doblé el papel nuevamente. Alcé la mirada y vi a mi amante, vestido de smoking, parado en el umbral de la puerta, esperando que le diera el alcance. Caminé sobre la alfombra persa roja en dirección hacia él y mientras me acercaba, me desperté.

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